Me van a paint las balls

En el post de ayer me faltó especificar que Jokin conduce uno de estos. Creo que se hubiera entendido mucho mejor lo de los diez minutos de pánico que supuso dejarlo en mis manos.

Hoy he ido al culo del mundo para montarle una partida de paintball a Karloszeta.

Fue mi regalo de cumpleaños allá por finales de enero, pero por culpa de su agenda reventona y mis hospitalizaciones varias, lo fuimos postponiendo una y otra vez, hasta que se nos quedó en uno de esos rincones de armario donde uno acumula todo lo que SABE que tiene que hacer, pero que NUNCA hace. Todo el mundo sabe a qué rincón me refiero. Ese mismo donde está lo de ordenar el trastero, o lo de tirar las botas de cowboy que te compraste en 1985.

Sea como fuere, he aprovechado su ausencia y el fulgor fugaz que me dan mis champiñones chinos, y he ido con Jokin, lista en mano, a reservar fecha para la batalla. Luego hemos llamado a Karloszeta y le hemos dicho que ya estaba todo hecho. Se ha puesto cantidad de contento. Yo no. Yo sólo nervioso con un toque de acojonamiento sutil. Sobre todo porque, hasta que el amable señor del chiringuito batallil me ha dado un folletito explicativo, yo pensaba que la cosa iba a ser en plan coña, con monos de cremallera, cascos parias y pistolitas de plástico de esas que hacen puf y te pintan de verde lima, pero no… Me temo que de la realidad a mi coña verde lima, hay un mundo.

«Capturar la bandera». «Guerra de equipos». «Tomar el fuerte». «Capturar al capitán». «Eliminar al enemigo». «No disparar a la distancia adecuada puede producir dolor intenso y hematoma». «Todo jugador alcanzado será eliminado y contado como baja». «No se permiten disparos en la cara y/o cabeza. Todo jugador que inflinja la distancia y zona de disparo será sancionado y contado como baja.» «No está permitida la lucha cuerpo a cuerpo.»

Seremos 15 jugadores. Al más bajito le llego por las corvas y 8 tienen instrucción militar. Voy a ser un pulgón en mitad de un batalla de hormigas marabunta.

No sé por qué coño no me limité a comprarle unos puñeteros calcetines de rombos. En serio. No lo sé.