A lo mejor no llego vivo al paintball después de todo

Hoy me he equivocado al mirar la esfera luminiscente del reloj y, pensando que el despertador no había sonado, he levantado a toda la casa a las cuatro de la mañana.

La cara de estupor que ha puesto el perro cuando me ha visto enchufarle la correa a esas horas de la madrugada ha sido un primor. Llevo todo el día acordándome de ella y riéndome por las esquinas. Me faltan palabras para describirla. Algo así como cara de «¡coño, qué noche más corta!» Justamente la misma que ha puesto el loro cuando le he quitado la capucha a la jaula. Del respingo que ha pegado el pobre se ha caído del palitroco. Debía tener el pico pegado por el sueño porque no ha dicho ni mu, pero ha dado tres giros de molinillo con el ojo que han quedado cantidad de significativos. Me ha recordado mucho a Marujita Díaz cuando intentaba ser sexy.

Mira tú por dónde… Por fin le doy un motivo de peso al pollo para llamarme puta y va el tío y lo desaprovecha.

Cerrando el cómputo de estupores matinales, diré que la expresión de Karloszeta cuando, después de afeitarse, ducharse y preparar el desayuno, le ha dado por mirar el reloj de la cocina, no ha sido tan divertida como la del perro y el loro.

De hecho ha sido más bien como la que suele poner alguien antes de cometer un parricidio con la paleta de darle la vuelta a las tortitas.