Hay semanas que no deberían empezar

Tengo un compañero nuevo. Se llama Diosdado y es idiota.

No de los idiotas divertidos, ni de los enternecedores. Solo de los idiotas y punto.

Nada más llegar me ha dicho que más que diseñador gráfico, se consideraba «artista visual». Esa ha sido la primera pista que he tenido sobre su idiotez. La segunda ha sido el traje raro entallado con zapatos boogies y el peinado afeitado con flequillo punk.

Cuando me ha preguntado si tenía novia y le he hablado de Karlos, me ha hecho la señal de la victoria y ha dicho «uuuh…gay paueeeerrrr ¡cashualidad megafuerteeee! pues quedamosh para tomar algoshioshí porque conozco cuevashtotalesh por las zonashcool osá tío solidaridáentrenosh ¿no?»

Ahí ya he tenido mi epifanía, y me ha apetecido mucho hacer algo terrible con él, como graparle la cabeza o meterle el flequillo en la destructora, pero me he contenido y he utilizado mi sonrisa congelada de las ocasiones difíciles. Me la enseñó Karloszeta el día del entierro de su abuela, cuando 78 vascos desconocidos me estrecharon la mano diciendo «te acompaño en el sentimiento» y yo no fui capaz de articular mejor respuesta que «gracias, tenemos cerveza y embutidos», como si aquello más que un velatorio fuera una degustación, y yo más que un nieto político, un representante de Mantequerías Leonesas.

El próximo martes viene mi cuñado a llevarse a Winston. Hemos fracasado estrepitosamente como entrenadores de loros. No sólo no hemos conseguido que deje de llamarnos puta, sino que encima ahora remata las frases con «hostia» y es adicto a Bob Esponja. Su paso al lado oscuro no ha podido ser más completo. Solo nos ha faltado construirle una estrella de la muerte y regalarle una capita negra con capucha.

No me apetece una puñeta tener que trabajar mañana viendo las venas del cráneo de Diosdado.