Receso de post algarveño

A la paz de Dios. Estoy en el Algarve. Con Asesino, que ahora mismo dormita como un plumero enharinado a mis pies (complicada misión lo de quitarle la arena de playa a un perro con fisonomía de estropajo), y con Karloszeta, que nos ha traído aquí como víctimas de otro de sus planes maquiavélicos secretos e improvisados tipo “te digo que vamos a Cuenca pero en realidad iremos a Groenlandia”.

En estos momentos tenemos la barriga llena de vino y calamares con salsa de nosequé, porque acabamos de subir de cenar y de escuchar a un tipo que cantaba fados subido en una especie de tarima al son de un pianista. Los calamares nos han sentado estupendamente, pero los fados no tanto, porque hemos cenado los dos días en el mismo restaurante, y la verdad es que el cerebro humano tiene un límite de veces que puede escuchar un fado sin perder las ganas de vivir. De hecho, cuando hemos podido alcanzar la puerta del bungalow y ponernos a salvo del é uma casa portuguesa com certeza, estábamos ya barajando la posibilidad de hacernos una trepanación a pachas con el cuchillo del pescado (cosa que, considerando que no tiene filo, nos hubiera tenido entretenidos gran parte de la noche, por cierto…).

La razón de que hayamos venido tan lejos ha sido el buceo. Sí. Parecía que toda mi experiencia se iba a quedar en el Pecio y los 6 metritos de Puerto Madryn, pero no. Karloszeta, fiel a su personalidad de rayo que no cesa, quería hacer más sangre y me ha traído al Algarve para seguir practicando y poder así sumar inmersiones que me aseguren una licencia mejor que la que me dieron. Y la cosa ha tenido su miga porque precisamente lo que yo iba pensando mientras hacíamos el recorrido en lancha hasta el punto de inmersión era que no me acordaba absolutamente de NADA de lo que me habían enseñado en la escuela de buceo. Y cuando digo NADA, quiero decir NADA. Ni medidas, ni señales, ni actuaciones de emergencia… Por no acordarme, ni me acordaba de por dónde empezar a meterte el traje de neopreno. Así que de nuevo me ha tocado vivir mi maravilloso minuto de pánico inútil, creyendo que me iba a morir como una panoli embólico en mitad del atlántico, por no confesar que tengo problemas de memoria a corto plazo con según qué aprendizajes.

Bueno, vale… Con todos.

Ha ido muy bien. No he muerto ni nada. Resulta mucho más fácil bucear con Karloszeta que con mi monitor. Él entiende perfectamente mi particular sistema de señales basado en volatines de brazo a la derecha+volatines de brazo de a la izquierda+movimiento de culo absurdo, cuando intuyo algún peligro.