Porque no podrá leerme

Karlos ha tenido que irse a Mauritania por motivos de trabajo. En estos momentos me imagino que andará sobrevolando Nouadhibou, o Atar, o algún otro sitio de nombre imposible, con mi ammonite al cuello y una nota metida entre los calcetines de su bolsa de viaje que dice “vuelve”.

No me apetecía una puñeta que se fuera. Y menos allí. Pero es su trabajo. Así que he dedicado el día de hoy a parecer contento y despreocupado. Y se me ha dado igual de bien que aparcar y entrenar loros.

Ahora me limito a estar triste y a dar vueltas por la casa en albornoz y pijama con mi cohorte de gatos, perro y hamster correcolari a la espalda, esperando a que llegue el martes que viene, y vuelva, sano y salvo, para echarme la bronca porque llevo cuatro días alimentándome a base de magdalenas, pipas y marsmallows.

Se me ha olvidado por completo lo que es estar solo y no depender emocionalmente del calor de alguien.

Qué bien.

Qué mal.