Alienamiento – día 3

Ahora me da por pensar que quizá sea alienación en lugar de alienamiento, igual que era joystick, en lugar de jostyck. Igual da. En el fondo y en la superficie, escribo para los gatos y ellos no entienden de ortografía.

Sin noticias desde Mauritania. Ya me avisó que sería complicado el poder comunicarnos. Hoy el portero tenía para mí margaritas blancas, pero por la nota que las acompañaba, intuyo que debió encargarlas antes de subir al avión. Bueno. Son precisamente este tipo de cosas que hace, las que me llevan a tener esta cara de gilipollas durante sus ausencias. Si se dedicara a rascarse el culo los domingos eructando cerveza, ahora mismo yo estaría mucho más relajadito y los telediarios me sudarían la minga dominga. No hay bien que por mal no venga.

Esta tarde ha venido el autobusero a casa. Me traía comida para el loro inexistente. Ha puesto cara de decepción cuando le he dicho que Karlos no estaba (bastante más significativa que la que ha puesto por el loro). Creo que era porque estrenaba nuevo look, aún más perfecto que el anterior, y venía a hacer la típica demostración de «mira lo bueno que me he puesto desde que te fuiste». No sé por qué se rebaja a eso. Lo último que haría yo en mi vida sería ir a casa de J. a enseñar pectorales (sobre todo porque no los tengo, pero en fin… cojamos el concepto…). Todos los encuentros que he observado entre los dos suceden de la misma forma. El autobusero despliega todos sus encantos físicos y Karloszeta actúa como si el tipo no estuviera en el mundo. Un día de estos le dará un empujón y me dirá que nos vayamos al cine pasándole por encima. Pero no importa, porque el autobusero vuelve… y vuelve… y vuelve… y Karloszeta pasa… y pasa… y pasa…

Me gustaría preguntarle por qué hace eso, pero tengo más o menos una idea aproximada. Creo que, simplemente, no le gusta perder. Que lo único que está necesitando en realidad, es decir la última palabra. Lo que pasa es que debería ir recordando cómo son de duras las pelotas de Karloszeta porque un día de estos se las va a hinchar del todo y el asunto va a terminar como una partida de rock’em sock’em, sólo que conmigo por enmedio y encima llevándome alguna (ya he estado a punto con el temita del paintball).

Le he estado contando lo de la avioneta y lo de que quiero saltar en paracaídas. Se ha descojonado bastante. Ha dicho que para saltar en paracaídas había que «estar hecho de la madera de los héroes». Me ha parecido cantidad de cursi pero he disimulado y he puesto cara de que era poesía pura, porque en el fondo toda la pose orgullosa despechada del autobusero me da un poco de lástima.

Me da igual lo que diga el mundo mundial. Si ellos están hechos de la madera de los héroes, yo estoy hecho del plástico de los clics. Y voy a saltar, como me llamo Nepomuk. Coñoya…