Alienamiento – día 4 (más vale que vuelvas pronto)

Jokin ha logrado contactar con Karlos y me ha pasado la llamada a mi móvil. Ha sido como meter la oreja en una maraca de perdigones que arañara una pizarra, pero aún así he podido escuchar su voz y calmarme un poco toda la gilipollez que arrastro estos días (que no es poca).

No hemos podido decirnos casi nada. En parte porque no nos oíamos una mierda y en parte porque se ha cortado enseguida. Yo quería contarle que me habían gustado las flores, que había volado en la avioneta y que al perro le había dado por cogerme las zapatillas, pero al final lo único que he dicho ha sido «yo…eh… uh… ¡vuelve!» seguido de una especie de gemido lastimero gutural tipo glglglglglgl…

Yo y mi derroche de sex appeal. 

La verdad es que a veces me vendría de coña ser uno de esos protagonistas de película muda que sólo mueven la boca mientras otros les escriben los diálogos en un cartel. Afortunadamente, Karlos está más que acostumbrado a mis parálisis cerebrales momentáneas por exceso de emoción. Es lo bueno de lo malo de la intimidad.

Ana ha venido a casa esta mañana antes del instituto para desayunar conmigo. Estaba triste por nosequé historia con un chaval de clase, así que para animarla, he hecho la imbecilidad de quitarle el pintalabios que llevaba en la mano y pintarme los labios de verde para hacer mi perfecta imitación de la Rana Kermit tocando el banjo. Y en qué puñetera hora no me ha comido la mano un cerdo, porque resulta que en el mundo cosmético de hoy en día, además de rimmeles flampisguash que te dejan las pestañas como plumeros, también hay pintalabios indelebles que no se quitan ni con espátula, fíjate tú, qué cosas. 

He pasado los diez minutos más aterradores de mi vida intentado quitarme esa mierda de la boca. El papel de wc se quedaba pegado. El agua y el jabón se resbalaban. El cepillo de dientes lo distribuía aún más. Caos verde mezclado a pachas con el terror más absoluto. Ana detrás de mí diciendo: «¡se quita con desmaquillante!¡usa desmaquillante!» y yo, desesperado viendo que iba a tener que irme a trabajar disfrazado de Irma la Dulce chillando ¿¿¿¿PERO PARA QUÉ COÑO CREES TÚ QUE VOY A TENER YO AQUÍ DESMAQUILLANTE????

Finalmente, a base de frotar con el cepillo de las uñas mojado de alcohol, he logrado quitar la mayor parte y he podido irme al trabajo sin parecer un travestón de Camoens. Eso sí, con tanto frotar se me ha quedado el morro como el culo de un babuíno (contando además que un servidor no es precisamente de hocico discreto), y eso sumado al tonillo verdoso que TODAVÍA permanecía de fondo (el muy hijoputa), ha hecho que hoy me haya tocado ir por los pasillos de mi trabajo con el belfo de una Angelina Jolie cianótica.

Hoy la calma samurai de Karloszeta para torear situaciones absurdas me hubiera venido de coña, la verdad.