Alienamiento – día 5

Qué bien le va hoy el título al estado de ánimo…

Ha vuelto el autobusero. No me apetece una mierda que esté aquí, pero él debe pensar que sí, porque trae cena para llevar, se sienta en el sofá y habla… habla… habla… y me pregunta… me pregunta… me pregunta… «¿cómo fue exactamente que os enrollasteis Karlos y tú?» «¿te pidió que te casaras con él con esas palabras exactas?» «¿alguna vez te habla de cuando estábamos juntos?» «¿cuando folla levanta la ceja izquierda, la derecha o las dos a la vez? (*)«

Estoy triste y cansado y quiero que me deje en paz. Necesito que vuelva Karlos. Él ya le habría echado de una patada en el culo. Yo no soy capaz. Me quedo ahí como un gilipollas mirándole hablar y comer fideos ramen. Le miro a los ojos y doy respuestas indefinidas. «no se…» «puede…» «no me acuerdo…» Luego él sonríe con una seguridad pasmosa y dice «madre mía, no eres un buen conversador ¿no? ¿has mirado si Charlie pone cara de aburrimiento cuando está contigo?»

Karlos odia que le llame Charlie. Dice que cada vez que se lo oye decir, le gustaría darle un puñetazo en los dientes. Pero eso no se lo cuento. ¿Por qué no se lo cuento? No lo sé. Porque le tengo lástima. Supongo que cree que soy un pobre chico que se deja apabullar por las dudas que tan sabiamente va sembrando en mí. Sólo que no las siembra tan sabiamente como él cree, ni tampoco resulto un terreno tan abonado como él presupone.

Hoy un perro grande casi se come a Asesino en el parque. Ha faltado el pelo de un calvo. Si llego a estar más distraído, me lo parte en dos como a una nuez. He tenido que levantar a Asesino en volandas y sujetar al mastodonte con un pie. Como resultado, me ha destrozado la puntera de la zapatilla y un trozo de pantalón. El dueño, rastafari y piercingueado, se ha deshecho en disculpas. Ha intentado sujetar al perro durante la pelea pero ha sido imposible. Eran como 300 kilos en canal de músculo perruno. Una vez calmados los ánimos, le he dicho que un bicho así debería llevar bozal y él me ha contado que normalmente era un perro muy tranquilo, pero que lo había sacado de una perrera a punto del sacrificio y todavía no controlaba muy bien su comportamiento. He mirado al mastodonte y el mastodonte me ha mirado a mí. Me ha dado mucha lástima. Le he acariciado la cabeza, ante la mirada de pánico del dueño. El animal ha lloriqueado un poco y me ha lamido la mano. Le he dicho al chico «este pobre no es más que un matón con falta de mimo».

No sé explicar por qué, pero veo alguna similitud entre el perro del parque y el autobusero.

(*)esto no lo ha preguntado, pero cualquier día lo hará.