Hala… a vuelapluma

Buenas, diario. Escribo hoy desde la rue du Bac, gorroneando el güifi gratis del café Le Saint Germain, aprovechando la coyuntura de que Karloszeta tiene que enviar 238 emails a las inmobiliarias que le están tramitando la compra de una nueva casa y la venta de otra (bienvenidos al universo caóticoinmobiliario de Mr. Zeta). En breves momentos, el simpático camarero que no entiende una mierda de lo que digo porque además de francés es argelino, me traerá un croque, que viene a ser a París lo que el bocata calamares a Madrid. O sea, un clásico. Y con eso mis tripas habrán cenado de lo más guais, porque resulta que en esta capital del infierno se come a las 12 y se cena a las siete (mira tú por dónde). Y eso nos lleva de cabeza, claro. Porque como somos charnegos parisinos, gustamos de levantarnos a las once largas y desayunar a la una, así que luego nos toca impepinablemente lo de dedicarnos a recorrer los restaurantes más internasionals con carita de pena preguntando “¿nos dan sus mesieses de comer, sivuplé, que somos spanish y hemos perdido el regarder?” Eso hace que, desde que llegamos ayer, hayamos tenido que comprar y cocinar nosotros en casa para preveer cenas y desayunos básicamente a la hora que nos salga de la minga dominga. Que esta misma mañana, estaba yo preparando unos huevos revueltos para desayunar (sin segundas) mientras miraba por el ventanuco de la cocina la torre Eiffell a lo lejos, y me he sentido cantidad de Ratatouille, mientras Karloszeta se dedicaba a darme clases de francés desde la ducha (otra vez sin segundas) para que no se repitiera hoy lo que sucedió ayer en la cena del Ritz, que terminamos los dos llorando de risa encima de los Asperges vertes à l’emulsion de Comté (no es que me lo haya aprendido, es que me lo acaba de chivar Karlos), después de que el hijoputa norteño este, me hiciera pedir a mí los platos de la carta, al buen tuntún, para echarse un ratito de risa.

Sí. Así son las cosas. Ayer a Karlos le apetecía una de sus celebraciones de amor vivalapepa “por-si -mañana-estoy-muerto”, y me llevó a L’Espadon del Ritz. Con vaqueros, converse y dos cojones (bueno, cuatro). Toda una experiencia, que se puede resumir en tres palabras: carrito-de-postres. Mare meua… no tengo palabras. El Valhalla con ruedas. En mi vida he gozado nada igual (y lo siento, Karlos, pero te incluyo. A ver quién se ríe ahora, cabronazo). Con gusto, me lo habría llevado a casa empujándolo ñiqui-ñiqui por toda la Rue de Casteglioni hasta casa, como si fuera un cochecito de bebé.

Hemos traído a Asesino para que se internacionalice un poco. Por ahora no ladra en francés ni nada, pero se ha medio enamorado de una rottweiler que vive en el casa de al lado, y que es como veinticinco veces más grande que él. Se conocieron esta mañana, y desde entonces, se pasa todo el día en el balcón esperando a que la otra asome el hocico por la ventana para realizar todo su repertorio de monerías absurdas tipo “mira lo que te estás perdiendo nena…” Me recuerda mucho a aquellas películas casposas españolas de los años 70, en las que un Alfredo Landa simiesco y paticorto lucía barriguilla gorilera para llevarse de calle a una hembrona nórdica de las que le sacaban cabeza y media.

Anoche vimos Howl desde la cama. No sé definir si fue el escenario, la compañía o los 345 postres variados que llevaba en el estómago, pero… me encantó la película. Me puso de lo más gi-li-po-llas y ño-ño.

Jarl… viene mi croque… ¡alegría, alegría y pan de Madagascar!