Viernes casisanto

Bueno, pues ahora me toca escribir desde Zarautz. Hemos venido a la casa de la playa. Lo que prometí cumplí, y ahora que ya tengo el cuerpo entero (más o menos) echo una mano a Karloszeta a preparar la casa para los soles del verano, quitándole de encima los restos del invierno. Karlos se dedica a las cosas importantes tipo reparar la pizarra del tejado, remachar y desatascar la chimenea o cepillar el salitre de la fachada, y yo me dedico a otras secundarias, como dar la imprimación a la verja (no sé qué es la imprimación; algo amarillo huevo que se da con brocha), beber coronitas a pares y dar unos sustos de muerte a Asesino, escondiéndome entre las ramas del roble.

La idea de estar aquí reparando la casa es mía, y la intención oculta, es convencer a Karloszeta para que no la venda. Hay algo en esta casa que me hace sentir bien, aunque todavía no logro distinguir qué es. Quizá sólo sea que me recuerda a aquella donde yo viví lo único bueno de mi infancia. O quizá simplemente sea que encuentro demasiadas señales de la vida de Karloszeta como para dejarla en manos de un extraño. En el jardín hay plantados siete árboles. Uno por cada hijo que nació. El de Karlos es el roble (qué buen tino tuvieron para el símil). Un roble de 37 años. No quiero imaginarme a nadie arrancándolo para construirse un jacuzzito absurdo. Ni tampoco me apetece que nadie lije el marco de madera de la puerta, donde su padre marcaba a cuchillo la estatura de cada hijo, según iba creciendo. No me parece que esta sea una casa como para desprenderse de ella.

Le digo a Karlos que si nos la quedamos, quizá en el futuro podríamos retomar el huerto que había en el patio trasero y vivir allí todo el año comiendo nuestras propias verduras ecológicas. Karlozeta se descojona con lo de las verduras ecológicas. Dice que terminaríamos hasta nuestros sendos cojones ecológicos de cuidar del huerto y que después de 72 horas, yo ya estaría pidiendo a gritos un happy meal. A veces es cantidad de difícil esto de convivir con un vasco sin fe.

Sea como fuere, viendo que lo de las verduras ecológicas no cuela, voy a meterme de lleno en mi argumento B: el surf. Ese ha sido el único motivo por el que Karlos ha mantenido esta casa los últimos años. Para venir a hacer surf. Pues nada. Aprenderemos a hacer surf. Ya lo estuve intentando en Tarifa el verano pasado y la verdad es que mal, mal… no se me daba. Creo que en uno de los 459 intentos, logré ponerme en cuclillas antes de que tuviera que sacarme el socorrista de una oreja.

Este domingo tenemos la partida de paintball. ¡Ja! ¿Quién dijo miedo? ¿eh? ¿quién?

Pues yo. Yo lo dije. Miedo. Miedo gordísimo. Miedo de cojones. Supermiedo.