Pollos efímeros y autobuseros fugaces

Tengo un pollo nuevo. Bueno… nuevo, no. Tengo un pollo. Llegó ayer y se llama Janderklander.

Mola cantidad. Está como despeluchado y chilla mogollón.  También mientras come. Es el único pollo ventrílocuo del mundo mundial. Chilla y come al alimón.

Karloszeta lo compró ayer en un self-service de crías de conejipollos. Sí. Esas cosas existen. En mi barrio existe todo. Dice que me lo compró en un arranque, como cosa mona que dura un par de noches y halayá. Me angustia un poco la seguridad con la que afirma que el pollo sólo durará un par de noches. No veo porque no puede hacerse mayor como el resto de pollos del mundo mundial. Karlos dice que él de pequeño crió muchos pollitos y que suelen morir como chinches. La verdad es que no me apetece una mierda que Janderklander palme. Mañana iré al self-service de minipollos y preguntaré cuánto vale una lámpara de infrarrojos para que esté calentito. Al fin y al cabo ya viene siendo casi un ritual lo de gastarme la paga extra de abril en idioteces peregrinas.

Debería escribir cosas importantes, como que cuando esto se publique yo habré visto un concierto de piano, o que la entrevista con la Asistente Social fue un éxito estrogénico de Karloszeta (entró una mujer y salió un caracol), pero voy a ser cantidad de inconsecuente, y dedicaré las últimas líneas a hablar del autobusero.

Tuvimos movida. Ya lo vaticiné yo hace días. Dije que a Karlos se le terminarían hinchando las pelotas, y no me equivoqué ni un pelo. Se le hincharon. Y además a lo grande y en el momento más inesperado. Tanto que en mitad de una cena, cogió al autobusero del cuello de la camiseta y lo volvió a echar de casa, como aquella primera vez hace año y medio, cuando yo acababa de mudarme. Solo que esta vez lo hizo en completo silencio. Ni una palabra. Nada. Sólo se levantó, lo trincó del cuello, lo llevó hasta la puerta, lo echó fuera, le tiró la chaqueta y cerró la puerta. Luego volvió a la mesa despacio, se sentó y nos preguntó con absoluta parsimonia si nos apetecía postre, mientras los demás nos quedábamos con la misma cara con la que hubiéramos recibido a la vírgen del Carmen bailando muñeiras.

En defensa del autobusero diré que todos, a excepción de Karlos, habíamos bebido demasiado y teníamos las lenguas algo sueltas. Y en defensa de Karlos, diré que el autobusero sacó los pies del tiesto hasta unos niveles que fueron mucho más allá de su habitual capullismo. No podría repetir todo lo que llegó decir, pero sí recuerdo que en el momento que Karlos se levantó y le trincó de la camiseta, estaba vuelto hacia mí con expresión lúgubre y me decía “Tú no eres su marido. Eres su venganza. Es mucha casualidad que haya estado solo tantos años y justo cuando yo reaparezco, se enamore y se case con el primero que encuentra. Deberías pensar en eso.” O sea… justamente las mismas chorradas que me soltaba cuando venía a ver al loro, pero con la sutil diferencia de que en lugar de estar diciéndomelas solo a mí, (habitual pedo de mosca para él) las estaba soltando delante de 87 kilos de ira vasca. Eso en mi pueblo es tener directamente ganas de morir.

Así que así están las cosas. Ahora tenemos un par de cabagges patch kids traumatizados, un autobusero desaparecido, un Nepomuk que no sabe muy bien cómo echar arena encima de la cal, y un Karloszeta que cuando se le pregunta “¿por qué le echaste?” te responde “para no pegarle”, cortando así de cuajo toda posibilidad de análisis al respecto.

Bueno, sí… y un pollo ventrílocuo.