Tenía que haberme comprado el macmenú…

Se me están rompiendo todas mis camisetas parias.Tengo que ir a comprarme ropa. Odio comprarme ropa. Es lo único que odio aún más que cortarme el pelo. Si viviera en un universo propio y feliz, me limitaría a dejarme crecer las greñas hasta el escroto y luego ceñírmelas con un cinturoncito, en plan cavernícola de diseño. Así subsistiría tan pichi, y no tendría que aguantar, ni al peluquero cubano ofreciéndome mechas rojas, ni a la dependienta del h&m diciéndome que no tienen largos tan cortos.

Cuando estuvimos en la tienda parisina de GAP, Karloszeta se coló conmigo en el probador y me hizo tocamientos cochinos. Molaría especificar dónde me los hizo con un muñequito de esos que les ponen a los niños en los juicios, pero a falta de chuminadas, me limitaré a decir que no es una zona útil para que te soben cuando te estás metiendo un jersey estrecho por el cuello, porque tiendes a ponerte nervioso y atascarte con los brazos hacia arriba, resultando una víctima fácil y ciega, a la par que absurda.

Me faltan dedos en las manos para poder contar las veces que Karloszeta me ha visto en posturas absurdas. Cuando lo pienso, considero casi un milagro que todavía se le levante.

Bueno, pues la entrevista con la asistente social fue muy bien. Yo no dije mucho, y Karlos (repito) triunfó. La señora llegó seria y circunspecta, para luego liberarse el moño (he dicho moño) progresivamente al runrún de la mirada canalla de Karloszeta, y terminar despidiéndose de él con dos besos babosos muacks-muocks-slurps de mujerona encendida y lujuriosa.

A mí no me dió besos lujuriosos. A mí sólo me estrechó la mano fugazmente con expresión de “ups que me olvido del mequetrefe…”

Nos han citado para una segunda entrevista, dentro de tres semanas. Espero que saquemos buena nota. La señora lujuriosa, nos dijo que tener mascotas en casa era un punto a favor porque se había demostrado su influencia positiva en la recuperación emocional de niños con discapacidad. Mientras lo decía, Asesino me seguía con su transportín en la boca (la nueva chorrada que le da por llevar a todas partes), Tripi se bebía el café con leche de nuestras tazas y Peyote se colgaba de la cortina intentando atrapar la estampidobola del hamster ciclotímico, así que en ese momento, no me pareció que mis animales fueran positivos para nadie. O al menos para nadie que no tuviera un trastorno cerebral severo, tipo coma irreversible, o algo así.

Por cierto… el pollo no se ha muerto. De hecho, cada vez parece más feliz, rubicundo y gordito. No sé cuánto tiempo podré mantenerle alejado del resto del nepomuk’s safari park. Me preocupa Tequila. Es una cazadora cojonuda. Estoy seguro de que en cuanto abra la puerta del cuarto, no pasará ni una mañana antes de que me encuentre un janderklander destripadito encima de mi almohada o en el bolsillo de mi chaqueta. Pero se lo digo a Karloszeta y no me ayuda ni lo más mínimo. Sólo repite una y otra vez: “pero si tenía que estar muerto… pero si tenía que estar muerto…”

Cualquier amanecer de estos, cantará un gallo en mi salón y Karloszeta dirá desde la cama “pero si tenía que estar muerto…”