Psicología nepoperruna

Karlos se ha ido a Grecia. Tengo la sensación de pasarme la vida diciendo Karlos se ha ido-Karlos ha vuelto, pero es que eso es lo que hace. Irse, venir, venir e irse. Ayer me decía que si yo hubiera sido un tipo ocioso y en paro, podría estar pegándome una semividorrilla viajando de la ceca a la meca. Le he dicho que no me ande con tentaciones innecesarias porque todavía puedo pedir una excedencia y convertirme en una ameba de mi casa. Y de ahí a llevar una pinza en los pelánganos, sacar la basura en albornoz y tener como toda conversación el Sálvame hay un paso, así que… mucho mejor para todos que me deje donde estoy, con mis aparcamientos imposibles, mis tumbas de pollos y mis laberintos absurdos para ratones que no me hacen ni puto caso.

El entrenador de perros resultó ser un tipo muy simpático, y no dió el pobre ningún motivo para meterle nada por ningún sitio. Estuvo una hora dando vueltas detrás de Asesino, observándole e intentando comunicarse con él (digo intentando porque el perro estaba demasiado ocupado en seguirme con su colección primavera-verano entre los dientes). Luego se puso muy serio (el entrenador, no el perro) y me dijo que lo que tenía el animal era ansiedad por la separación. Yo pensé «me has descubierto América, macho», pero puse cara de «pordiosbendito-nomedigas», porque el chico era muy amable y, al fin y al cabo, estuvo dedicándonos su tiempo a cambio de nada.
Me dijo que para solucionar el problema, tenía que empezar por comprender a Asesino y sus circunstancias. Que pensara en un perro que había sido golpeado, disparado, quemado, abandonado en una cuneta y mantenido durante 4 meses en una jaula de perrera, para luego entrar en una casa donde se le mima, se le alimenta con regularidad, se juega con él y se le quiere como parte importante de la manada. Dijo que por un momento, me metiera en la piel de Asesino y pensara en cómo reaccionaría yo, cada vez que viera a mis nuevos dueños salir por la puerta.
En esos momentos tuve un deseo brutal de coger mi chaqueta, mi mochila de viaje y mi pasaporte, y dedicar el resto de mi existencia a seguir a Karlos con las tres cosas en la boca.