Más o menos me duele todo

Me sigue escociendo el pescuezo como si me lo hubieran desollado. Tengo que dormir como la momia de Amenofis II. Boca arriba y con los brazos sobre el estómago. Cuando vuelva a Madrid, voy a pasarme una temporadita sin levantar un gato, porque ahora mismo me imagino diez uñitas clavándose en mis hombros y es que se me encoge hasta el escroto.

La culpa es mía y nada más que mía. Crema solar protección 40 llevaban Karlos y Jokin. Pero como yo soy de natural café con leche, pues ahí iba. Todo torero machote, a pecho descubierto y pensando que lo de la protección solar era para mariquitas. Diciéndoles a todos que ya me había puesto, cuando en realidad no había abierto ni el tubo. Y el caso es que al terminar no parecía yo demasiado perjudicado. Un ligero rosa gamba, pero nada preocupante. Fue por la noche, al salir de la ducha cuando caí en la cuenta de que el rosa gamba había pasado a burdeos cangrejo. Eso sumado a que el agua caliente sobre los hombros me hizo cantar en do sostenido, me puso en alerta de que cabía la ligera posibilidad de haberme cocido en mi jugo lentamente, al más puro estilo San Lorenzo. También ahí pilló Karlos que le había mentido vilmente con lo de la protección solar, pero como es bueno conmigo, en lugar de decirme “tienes lo que te mereces, ahí te pudras” bajó a Madrid a buscar una pomada de caléndula que hace su cuñada la hippie, y pasó buena parte de la noche untándomela vuelta y vuelta en las partes más afectadas (o sea, menos nalgas, escroto y dientes… en todo yo entero). De esa triste forma me dormí anoche. Untado de pomada, como si fuera un vulgar chorizo a la sidra. Todavía esta mañana, abrazarme era como intentar agarrar un salmonete.
Y tengo que ir a la playa. Con esta pinta de led de bicicleta.
Con esta pinta y un bañador del Capitán América.
Vamos… la experiencia Naruto comparada con esta va a ser un potosí.