Crónicas montañesas

Ya no me duele todo. Ahora me pica. Creo que me estoy secando como la mojama. Ando todo el día rasca que te rasca, como un cochinillo sarnoso (digo cochinillo por aquello del tonillo de adobe que aún conservo). De aquí a que nadie quiera sentarse a mi lado en la mesa, hay un tris. Menos mal que siempre me quedarán Asesino y Karloszeta que son inmunes a mis penosidades.

Sigo triscando por los montes. Veo la playa alejarse y cuando lo pienso me entra un poco de bajón, pero luego pienso en Diosdado, la oficina y el jefe que quiere corbatas, me doy cuenta de que todo podía ser peor, y se me pasa la melancolía en un pispás. Karloszeta está bastante más ocupado que los primeros días, así que ahora dedico las horas libres a subirme a sitios imposibles porque, por raro que parezca, siempre he sido un gran trepador. De hecho, soy tan bueno en las subidas, como malo en las bajadas. Si por mí fuera, me ataría un arnés elástico a los lomos, y me dedicaría a subir montañas terribles, para que luego me bajara alguien con algún sistema de poleas. Y así, mientras a Juanito Oiarzabal le patrocina La Caixa o Endesa, a mí me patrocinaría el Circo de Teresa Rabal.
Me temo que todas estas reflexiones son también producto de la insolación de anteayer. De hecho, me he pasado toda la noche soñando que Karlos era Batman, y que se despedía de mí diciendo “hala, luego te veo, que me voy a trabajar”, lanzándose con el batitraje por la ventana, mientras yo seguía tomándome mis chococrispis tan pichi. Cuando se lo he comentado en el desayuno ha faltado poco para que se me muriera de una apoplejía por ataque de risatós.
Por motivos que ni hoy ni mañana voy a explicar, estamos en una zona militar, así que también paso mucho tiempo entre soldados. Hoy un tipo de Santander cantidad de raro, me ha enseñado a jugar al póker en su versión Texas Hold’em y hemos echado una partida en la dotación de guardia. Como viene a ser habitual en mí, no me he enterado de una mierda, pero al final he terminado ganando a todos y llevándome 28€ de vellón, así que es más que posible que mañana no me dejen jugar y me manden a mi habitación con un cuaderno y unos lapiceros de colorear. Una lástima, porque no puedo jugar a Diablo III con mi tarjeta gráfica (yupi), y desde que cae la tarde hasta que Karloszeta vuelve de la guerra, dispongo de cantidad de tiempo libre para hacer trastadas de las que no debería. Y miedo, miedo, miedo me doy.
Asesino se cayó ayer en una charca de barro. Me dió un susto de muerte porque metió todo el cabezón y por un segundo pensé que se me asfixiaba. Tuve que meterme yo hasta las rodillas para poder sacarle del rabo. No sé por qué no puede caminar delante de mí como los demás perros sueltos del mundo mundial, coño. Tiene que ir siempre a mi lado, en paralelo como un vendedor de kleenex, y claro, como yo también voy siempre haciendo el gi-li-po-llas, por mirarme a mí, no mira dónde pisa. Tuve que subirle a la habitación metido en una bolsa de plástico, como un vulgar embutido, y después de ocho champuses, todavía hoy ha amanecido con los pelos disparados como un rastafari. Será un milagro si no tengo que afeitarle al cero cuando volvamos a la civilización.
Doy gracias a Jeovah de que sea tamaño pedo de mosca. Si llega a ser Pucho, todavía estaba yo posteando desde la charca de barro.