Susto… Susto enorme

Ayer Karlos y Jokin me llevaron a ver un caserón abandonado, que en su día, había albergado un hotel de montaña de muchas estrellas, de esos como el que sale en la peli de El Resplandor.

Al principio fue divertido. Podías recorrer los pasillos, las escaleras, las habitaciones, las cocinas… Todo estaba aún en bastante buen estado, e incluso en algunas habitaciones, todavía quedaban ropa y enseres. Hice bastante el idiota poniendo caras con la linterna, y pegando sustos a Asesino escondiéndome detrás de las puertas.

Luego el sol empezó a caer y las plantas de abajo se quedaron sin luz, así que Karlos me advirtió que no me alejara de ellos, porque era fácil perderse. Como siempre, no hice ni puto caso. Envalentonado porque iba con Asesino (ya ves tú), me separé por una de las escaleras y estuve bajando y recorriendo pasillos, hasta que la oscuridad se hizo tan densa, que dejé de distinguirme los pies. Al querer volver sobre mis pasos me dí cuenta de que no tenía ni puta idea de dónde estaba, así que me limité a gritar “karlos-jokin-me he perdido” sin obtener ningún tipo de respuesta. Tampoco, por más que lo intenté, logré que el perro ladrara. Ante mis saltos, mis palmeteos y mis ladra-asesino-ladra, lo único que hizo fue sentarse a mis pies con cara de vaca mirando el tren. Así que pensé “o me muevo o me encuentran aquí dentro de diez años”, y me puse en marcha siguiendo la teoría infalible del laberinto: avanzar girando siempre a la derecha.

A base de avanzar, girar, retroceder, y volver a girar, llegué hasta un cuarto cerrado sin ventanas, que me pareció una despensa. Cuando me acerqué para alumbrar una vieja botella de Jack Daniels que había en un estante, la linterna hizo fiussss y se apagó. Era una linterna de dinamo, y había visto a Karlos recargarla girando una especie de manivela que llevaba en la parte posterior, pero por más que lo intenté, ni encontré manivela, ni logré nada que no fuera un fugaz resplandor azulado y fantasmal que terminó de acojonarme del todo y para siempre. Cuando iba a girarme, escuché la voz amortiguada de Jokin gritando mi nombre desde algún lugar lejano, y por salir de allí a oscuras y precipitadamente, empujé la puerta con el hombro y la cerré de un golpe tan certero, que se quedó encajada en el marco combado, y ya no fui capaz de abrirla. Entonces sí, Asesino se puso a ladrar. Solo que para esos entonces, yo estaba tan asustado, que en vez de alegrarme, me puse más nervioso y lo único que conseguí a base de tirar, dar patadas y gritar, es quedarme con la manija metálica en la mano y, probablemente, la mejor cara de idiota que habré puesto a lo largo de toda mi existencia en este triste mundo.

Me encontraron aproximadamente unos 15 minutos después. Gracias a los ladridos de Asesino porque yo, en estado de pánico absoluto, de lo único que fuí capaz fue de sentarme en la oscuridad abrazado a mis piernas, gimiendo y balanceándome adelante y atrás, mientras me imaginaba a las dos niñas fantasmas de El Resplandor apareciéndose a mi espalda para pedirme que fuera a jugar con ellas. Karlos solventó el asunto de la puerta en dos nanosegundos, de una patada tan certera, que se llevó por delante puerta, marco y un trozo considerable de pared, levantando una nube de yeso, que me dejó teñido de blanco durante el resto de la (aciaga) tarde y parte de la noche. Ellos se rieron mucho con la anécdota.Yo no. Cuando Karlos me ayudó a levantarme preguntándome por qué no había usado la luz de la blackberry, volví a gemir como toda respuesta y me agarré a su chaqueta.

Hace un momento, 24 horas después, la he soltado. Pero única y exclusivamente porque necesito las dos manos para escribir este post.