Sigo endiablado III (y cuatro)

Ayer hicimos una barbacoa-cumpleaños en la finca de… de no sé quién, y jugamos horas, horas y horas al láser tag. Me lo pasé teta de novicia y no dí ni una. Pero ni una. Corrí, salté, me escondí, me subí a los árboles… y nada. Me machacaron hasta los niños de doce años. También volví a quemarme el pescuezo, así que parece que este año viene el sol con ganas de guerra y mi pescuezo con ganas de caerse a trozos.

Dice Karlos que el día que tengamos una invasión alienígena, será mejor que él se encargue de disparar a los marcianos y yo de esconderles los bollos. Me he estado riendo dos horas con esa tontería. Cuando Karloszeta se pone cabrón conmigo tiene muchísima gracia. Tanto que al final siempre se me olvida enfadarme (mira tú).
He bajado del trastero todos mis juguetes, para poder jugar con el niño nuevo. El barco pirata de los clics, el fuerte del oeste, los coches de micromachine, el scalextric, el simón, el tragabolas, los lego de star wars…  Estoy feliz como una lombriz. Por fin tengo una excusa para portarme como el subnormal que soy, sin hacer el ridículo espantoso. Karlos dice que es demasiado pronto y que hubiera sido mejor bajarlos allá para septiembre, pero yo quería quitarles un poco el polvo y comprobar que seguían estando enteros. Abrir las cajas me ha traído muchos recuerdos. Recuerdos de cuando los iba llevando en plan equipaje absurdo, a cuestas de casa en casa, sin saber bien dónde los metería y dónde terminaría metiéndome yo. De hecho, en la caja donde estaban guardados, había escrito en rotulador negro: “chorradas que deberías tirar algún día, Ariel”.
Es una suerte esto de que nunca me haga caso a mí mismo.
Hoy empiezo a ir al gimnasio con la finalidad ÚNICA Y EXCLUSIVA de poder manejar las motos de Karloszeta sin que se me caigan encima (porque pretender otra cosa sería soñar, y los fraggel somos una raza que acepta sus limitaciones). He estado esta mañana temprano, para conocer a mi monitor. Es como ocho yos, uno encima del otro y tiene la cabeza como un perro pitbull. No hemos hablado mucho. Me ha preguntado “¿qué quieres hacer?”, yo he contestado “no sé, algo divertido” y él me ha dicho “bueno, pues me harás 10 minutos a la cinta, 10 a la elíptica y luego te pondré unas series de pesas.”
Obviamente el concepto de diversión de mi entrenador pitbull no tiene mucho que ver con el mío, pero igualmente cerraré el pico y le haré caso, porque cada uno de sus brazos viene a ser como cuatro de mis piernas y eso… algo tiene que significar.