Lalala…

No me he muerto. Sólo tuve las vacaciones salchicheras más felices de mi vida. Y no, no, no… no exagero. Lo fueron. Volé en el shambhala (en sentido figurado, el otro no hubiera sido divertido), gané un Garfield tamaño XXL, robé una ballena hinchable, enseñé a Asesino a hacer surfing, despegué una alemana de la chepa de Karlos… Todo muy sangría de chiringo de Benidorm, muy cutre y muy guay. Creo que pasarán muchos meses antes de que pueda volver a reirme como me he reído durante estas vacaciones. En serio.

Vale, pues no. Han pasado sólo minutos, porque Tripi acaba de caerse dentro de la papelera y ya me estoy descojonando. Es lo que tenemos los lerdos. Somos de risa fácil.

Estoy haciendo cajas para la mudanza, así que ahora mismo soy un chico, un ordenador y 90 cajas (y un gato en la papelera luchando por salir entre bolitas de papel). Lo más divertido es que se me ha olvidado poner el nombre escrito en cada caja, así que Karlos se lo va a pasar chupi cuando tenga que deshacerlas y colocarlas en la nueva casa. Seguro que pronuncia mi nombre con amor más de 17 veces.

Estos días pensaba en el blog y me daba vergüenza ir a mirarlo. Como si la foto de la cabecera fuera a despegarse y darme un puñetazo en los dientes por no haber escrito durante tantos días. Ahora, entre caja y caja, tengo tiempo porque Karlos está en Afganistán.

No me gusta una mierda que Karlos esté en Afganistán, pero lo disimulo ocupando todos los minutos del día con chuminadas varias como hacer tortitas para los gatos… cerrar cajas sin poner el nombre… ir a los albergues a ayudar a limpiar jaulas…

Vale, sí. Me voy a limpiar jaulas de perros. Por la noche más, que es oscura y está llena de horas, la muy p**a.