Ven…

Estoy esperando a Karlos, que viene. Que ya debería estar aquí. Pero sucede que cuando esperas las cosas con muchas ganas haces que vayan más despacio, igual que cuando no las esperas, pasan a toda velocidad. Y esta explicación tan tonta que acabo de dar, justifica perfectamente el por qué de niños los veranos duran tantísimo, y de mayores se nos pasan volando.

Todos, perro, gatos, ratas, cajas y chico con camiseta de rayas, esperamos a Karlos que vuelve de su ÚLTIMO viaje peligroso. Estamos muy contentos por eso, así que la nevera está llena de cosas buenas que se pueden tomar en verano, como cava frío, tablas de patés, palitos de zanahoria con salsa de queso, embutidos ligeros, etc…

Todas las cosas de verano son mejores que las de invierno. La verdad es que no sé por qué odio los veranos. Pero los odio. En serio. Bastante.

Yo sé lo que dirá Karlos cuando aparezca por la puerta. Dirá “¡no me toques mucho, no me toques mucho, que apesto!”

También sé lo que le diré yo.

Un señor de una tienda me ha querido vender hoy un pastor eléctrico para mascotas. “Si el animal se sale del perímetro, el circuito le proporciona pequeñas descargas indoloras, pero de advertencia suficiente para que no vuelva a hacerlo…” Yo he preguntado “¿cómo de indoloras?” Él ha dicho “apenas nada. Una nadería…” Entonces, yo he dicho”A ver, dese una usted, a ver si duele…” y el señor ha respondido “jejeje”.

Ese ha sido el cierre de la conversación. Luego he pagado el pienso y la verja de alambre y me he ido, sin estar completamente seguro de lo que significaba el jejejé.

Además de los veranos, también odio esperar las cosas que pasan despacio.