No sé si he dicho alguna vez que odio poner títulos…

Ayer estuvimos en la manifestación de Madrid. Desde las 20:15 que comenzó, hasta las 23:00 (aprox.) que Karlos intuyó movimiento en los antidisturbios, y empleó la burda excusa de haberme dejado el inhalador en casa, para sacarme de allí de una oreja. Eso de abandonar una manifestación porque no tienes el inhalador es bastante penoso. Como de niño gordo con gafas que eligen el último para el balón prisionero. Es por culpa de la infección respiratoria que tuve en Diciembre. Ahora cuando se suman calor y polución, tengo la mala costumbre de asfixiarme y matar del susto a todos los que están conmigo. El médico dice que la cosa mejorará cuando vayan llegando las lluvias. Mientras, duermo con un cacharro que trajo Karlos, tipo enterprise, que va soltando chorritos de vapor de vez en cuando, y que tiene a mis tres gatos toda la noche entretenidos como tres tontos con una tiza.

Y siguiendo con gatos… después de 258.342 cálculos sobre plano para evitar que Peyote se me escape del jardín de la casa nueva, barajo la posibilidad de tirar la toalla y hacerle una puertecilla abatible en la de entrada, para que entre y salga cuando le salga de los huevos. Karlos no es partidario. Dice que no está acostumbrado a la vida libre, y que será fácil que alguien se lo quede, que pierda una oreja en una riña o que, poniéndonos en lo peor, lo termine pillando un coche. Sé que tiene parte de razón, pero tampoco se me ocurre como mantenerle dentro, una vez desechada la opción de clavetearle el rabo a la tarima. Para lo del pastor eléctrico no tengo huevos, y para tenerle encerrado en casa mientras los demás circulan a lo chupilerendi, tampoco. Tal y como yo lo veo, no es que tenga precisamente muchas opciones más, así que… puede que finalmente, volvamos a lo del martillo, los clavos, el rabo y la tarima. 
No sé por qué no pude limitarme a los canarios y los peces de colores. Mi vida hubiera sido mucho más tranquila.