Tengo que escribir esto, tengo que escribir esto…

Estoy en mi fiesta de cumpleaños. Es una gran fiesta de cumpleaños. Nos hemos reído mucho y todo el mundo está muy contento y es como si no fuera a pasar nunca nada malo. Ahí fuera están Karlos y muchos amigos. Y les oigo desde aquí reír, hacer el tonto, chocar vasos y elegir canciones. Pero yo tengo que escribir esto, por eso hemos venido, el perro y yo, en estos cinco minutos en los que podré escribir sin que nadie se percate de que tardo en volver de la cocina.

Tengo un perro, sí. Es mi regalo nº 13 de hoy. Es un perro. Un perro que tenía que haber muerto esta mañana en la perrera. Y Karlos lo ha sacado, lo ha curado y me lo ha regalado. Porque para él era como un mensaje eso de que el perro fuera a morir justo el mismo día en el que yo había nacido. Y me lo ha traído. Y es grande, enorme, negro. Con grandes dientes, y una gran cabezota. Y está aquí conmigo. Mi perro nuevo que todavía no tiene nombre. Y no es lo terriblemente fiero que parece. Apoya la cabeza sobre mi muslo derecho y me mira con las pupilas hacia arriba como un cancerbero mimoso.

No lloro por el perro. Lloro porque Karlos me quiere. No, no, o sea… claro que ya lo sabía, pero… Lo normal que es la gente te quiera a sorbos cortos. Como una vieja rica comiendo helado. A trocitos cortos y arrugando la nariz. Con mucho cuidadito. Con mucha prudencia.

Karlos no me quiere así. Karlos echa la vida. Abre las manos y te las pone así, delante. No duda, ni tiembla, ni da un paso atrás. Karlos me quiere de un trago.

Yo sé lo difícil que es conseguir algo así de otra persona. Lo sé. Claro que lo sé. Las personas no somos así. La vida entera no está hecha así.

Por eso lloro. Por eso.