Excusas de yo para mí

Bueno, pues…

Compró doce regalos y los escondió por ahí. Cada uno, tenía un papelito que llevaba a otro, así que se lo curró que no veas. Fue cantidad de divertido. Algunos eran muy obvios, como la mesa de dibujo (que aún así sorteé veinte veces sin darme cuenta de que la mía vieja de la pata chula ya no estaba) y otros bastante más complicados, como la pipa para cannabis (viva-yupi) que metió dentro del plafón de una lámpara. Aún así, el peor fue el último, ya que eran dos entradas para ver El Rey León y tuvo la feliz ocurrencia de metérselas en el paquete. Ahí fuí un poco cortito. Conociéndole, ese era el primer sitio donde tenía que haber mirado.

Después de la comida con mi suegra y mis cuñados (de la cual me llevé by the face dos tupperwares de mi nunca suficientemente adorada sopa de marisco), preparamos una fiesta mexicana en la terraza, y por la noche vinieron los amigos. A las 22:30h (hora de mi nacimiento según la partida de ídem), cuando ya llevábamos bastante desparrame, me vendaron los ojos y me pusieron delante al regalo nº 13. Tenía 3 minutos para descubrir qué era o se lo llevarían otra vez. Extendí las manos y toqué un trozo de lengua. Primero pensé que era Karlos haciendo el gilipollas, porque ya llevábamos unos cuantos margaritas, pero cuando volví a tocar, noté las vendas y a partir de eso ya… el pelo corto del cuello y el collar. Entonces me quité la venda y ahí estaba el perrazo, mirándome. Todo grande y feote. Con la cabeza llena de gasas aquí y allí. Y Karlos sostenía el cono que acababa de quitarle del cuello y me decía «ya se que no es muy bonito, Ari, pero es un santo.»

Ahí ya me vinieron todas las sensaciones de golpe y quise llorar. Pero no podía hacerlo porque había catorce tíos pendientes de mi cara, así que saqué la sonrisa más penosa del mundo y dije algo que quería ser «me encanta, no me lo esperaba, gracias» pero que sonó como «gadnanomabaiacias.» Ahí todos se quedaron en silencio, mirándose unos a otros hasta que Karlos, experto traductor de mis momentos tristegangosos, aclaró «dice que le encanta» y ya todo el mundo se puso contento, soltó yupis, vivas y bienes, y por fin pude pasar inadvertido y escaparme a llorar a mi cuarto, como un buen gilipollas de pro.

Y nada. Que el apunte mental de hoy es: Ariel, controla tus derroches emocionales cuando te sientes a escribir, criatura…