La buhardilla nueva y el (más o menos) jardín

Hoy he estrenado mis nuevas converse de superhéroes Marvel. No debería. Hace apenas unos días que rescindieron el contrato a Diosdado por bajo rendimiento, y visto el percal, no es buena idea pasearse por ahí con los pies de colorines en plan «la uniformidad corporativa me suda el nabo», pero creo que después de tantos años de camisetas absurdas y zapatillas imposibles, ya cualquier esfuerzo por parecer normal sería en vano, así que… me limitaré a caminar muy deprisa para que no se vean mucho los supermanes.

La mudanza llega, llega, llega y a mí no me apetece, ece, ece. Ya ni sé cuántas cajas hay. Unas veinte mil. Y ninguna con nombre. Nos vamos a cagar. Este fin de semana ya se llevan los muebles, y el lunes o el martes, deberíamos estar durmiendo en la casa nueva. A ver… Apuntes de la casa nueva. A dos por día, para no ser excesivamente pesadito.
La casa nueva tiene tres alturas y la planta superior es una sola habitación abierta, diáfana, con el techo abuhardillado y una claraboya redonda como el ojo de Polifemo. Se supone que antes era un trastero para cachivaches, pero a mí, que soy de natural peliculero absurdo, me flipó lo de la claraboya y la paz de las tardes a media luz, así que me la pedí de habitación para poner mi mesa de dibujo y mis chimpunes artístico-caóticos (esto es, lienzos, buriles, escayolas, papelotes, colorines y mierdecillas varias). Como he sido muy pesadito con lo de «yo me pido la buhardilla-yo me pido la buhardilla» ahora me tengo que aguantar con ella, pero de las tres veces que he estado en ella (y eso que aún no tiene muebles), me he dejado el cráneo contra el techo unas nueve, así que empiezo a sospechar que montarme ahí el estudio no ha sido precisamente la mejor de mis ideas. Ahora dispondré de paz, de tardes a media luz, de claraboya, y de derrame cerebral. Muy divertido todo.
La casa nueva, también tiene un jardín en la parte de atrás. O lo que antaño debió ser un jardín y ahora es una maraña de estopa amarilloamarronada, con ciertos toques de verde moco. También hay un árbol (para regocijo de Asesino y Diplodocus), pero no es un árbol chulo y guay, como el de la casa de Zarautz. Este es uno de esos árboles en los que uno tranquilamente podría colgarse y no desentonar con el paisaje colindante.
Por ahora nos reímos mucho con nuestro jardín de Drácula y tenemos mucho cachondeíto jií-jajá, pero eso es porque todavía no nos hemos puesto a currar en él. Cuando tengamos que doblar el espinazo a las cuatro de la tarde de un domingo de Agosto supongo que será cuando decidamos volcar un camión de cemento por encima y convertirlo en una pista de skateboard.
Sí. El perro nuevo se llama Diplodocus. Pedro Diplodocus. Nombre de boxeador acabado. Sé que le mola. Cuando le nombro, el cucurucho de la cabeza se le bambolea pim-pam…