Simón

Hola, estoy aquí colocando persianas. O no. En realidad, no. En realidad, estoy viendo como Karlos coloca persianas y se pone nervioso porque la pared no es buena. Me gustaría estar en el prototipo de hombre que da puñetazos al aire porque una pared no es buena, explicándote las diferentes virtudes de una broca de widia, pero no. No, no, no soy de esos. A mí las paredes me vienen a importar un cojón de mono y las persianas más. En una de las habitaciones que llegué a compartir, en lugar de cortinas tenía trapos pegados con velcro. Con eso creo que lo digo todo.

Mi cuñado Samu dice que los gays no sabemos manejar ni un destornillador. Pero lo dice siempre que estamos solos, porque sabe que Karlos se lo meterá por el recto si le oye algún día. Al norteño los mitos homodefinitorios le tocan las pelotas, supongo que porque él es gay y repara tejados. Entiendo que no es divertido que te prejuzguen con un estereotipo. Hace unas semanas me reboté con una chica que tuvo la ocurrencia (pobre) de decirme que lo de enseñar un trozo de cuerpo desnudo en la cabecera era muy gay. El cabreo que me pillé duró varios días. Soy flaco, imberbe y bajito. No me gusto. Soy la antítesis de lo que en realidad me gustaría ser. Nunca me hago fotos voluntariamente y desde luego, nunca las enseño. Mi cabecera solo fue una apuesta, no tenía más intención. El verdadero motivo por el que enseñaba ese margen de cuerpo era porque tenían que salir piercing y tatuaje (al tamaño de la cabecera no se ve bien, pero en el hombro llevo un tatuaje muy pequeño de un gato negro de espaldas, sentado en posición de descanso). Esos dos puntos en ángulo con una cicatriz que tengo en el hombro derecho, Karlos los llama “la constelación del mosquito”. Esa tarde perdí al Halo con él y dijo que quería una foto pública de la constelación del mosquito. Yo recorté unas tomas que me había hecho en una de nuestras noches de vino y tontería y la puse en la cabecera. Sólo era un guiño. Y desde luego, tenía mucho más que ver con el juego de dos idiotas, que con la homoerótica o el exhibicionismo.

Pero todo eso era muy largo de explicar por medio de mensajes en un móvil, así que mi chica se quedó con su idea, y yo con mi realidad. Cosas de la vida.

Hoy aparto la casa nueva y hago un apunte de Simón. Simón tiene cuatro años. Cuando viva con nosotros, si es que quiere hacerlo, tendrá cinco. Es sordo y tiene un angioma cerebral ramificado que le produce algunos fallos neurológicos cuyo desarrollo está aún por determinar. Lleva un implante coclear interno que le permite escuchar, aunque de una forma muy diferente a cómo escuchamos nosotros. Sale en todas las fotos tapándose la cara y hace dibujos con muchos colores. Explosiones terribles de colores de todo tipo. Azules, verdes, golpes de negro, mezclas de violetas y amarillos…Si le pides que te dibuje un caballo, él te da una hoja llena de colores. No nos conoce aún, pero nosotros a él sí. En el vídeo, una chica le dice “Simón ¿qué es esto?” y le enseña una de sus hojas llenas de colores. Él mira la hoja, mira la cámara, se tapa la cara con la camiseta y enseñando el ombligo dice con señas “la casa de los caballos”. Luego la chica coge otra de las hojas emborronadas y dice “¿y esto otro qué es, Simón?” y él asoma la nariz por la camiseta, mira el dibujo, se vuelve a tapar y gesticula “el barco de los piratas”.

Estoy un poco enamorado de él, así que últimamente hago dibujos con muchos colores. Cientos de colores. Emborronados unos encima de otros. Mezclados al tuntún. Como… como en un barco de piratas.