Querido yo…

Aquí estamos. Alguien me empujó hacia abajo y tiró de mí hacia atrás. Fiummmmm. Salí disparado. Ya era hora ¿no?

Han pasado muchas cosas. Estoy en París. Karlos ha tenido que venir aquí unos meses a hacer un curso y decidí que yo no estaba hecho de la pasta que forma un amor de días sueltos. Pedí una excedencia en el trabajo, empaqueté a los perrogatos y me vine con él. No hubo que hacer muchas fórmulas para resolver esa ecuación. Sólo pensé lo que iba a hacerme más feliz, si un Madrid sin Karlos o París con él. Pesó lo segundo, y aquí estamos. No sé pedir una ensalada en los restaurantes, ni tampoco preguntar por una estación de metro, pero agradezco el frío, el carril bici y el sol dejándome en paz. También la casa, que es grande y tiene cristaleras de colores en las puertas. Y hasta a la señora que viene a limpiar por las tardes, que es tan mora como la abuela Agra, y se pasa cerca de tres horas contándome historias de las que no entiendo ni jota. Se lo digo, ojo. “Señora Faver, no hablo su idioma, no entiendo nada de lo que me dice…” pero a ella le da igual. Se ríe con sus dos incisivos de oro y sigue hablando. Los animales la adoran. Vaya usted a saber por qué. Pero cuando aparece el rebujo de sus faldones negros, todos se ponen cantidad de contentos. Hasta Peyote le ríe gracias. Eso hace que la señora Faver me caiga bien. Tampoco sé por qué. Porque tiene incisivos de oro y faldones negros. Las personas estrambóticas siempre me caen bien. Karlos dice que eso es porque yo mismo me he caído de un libro. Me gusta esa frase; “caerse de un libro”. Karlos mezcla los hostiaputas con la poesía. Creo que él también es un poco estrambótico.

Cada fin de semana alterno, meto a Asesino en una bolsa de viaje y volamos a Madrid para estar con Simón. Son nuestros sábadomingos de simonerías. Todo va muy bien. Nos reímos y nos ponemos muy tontos. Simón nos complementa. Es nuestro tercer mosquetero. Minimosquetero. Sigue haciendo dibujos imposibles sobre historias surrealistas. Piratas venenosos, perros con escalera, árboles que dan macarrones con tomate… Cada cosa que dice me deja a cuadros, hasta que suelta la siguiente. Simón mola todo. Llora mucho cuando le volvemos a dejar en la casa cuna. Eso nos rompe un poco el corazón. Porque no monta pollos, ni llora a gritos. Sólo se tapa la cabeza con la camiseta y vemos caer los lagrimones sobre su barriga. Siempre pienso en meterle en la bolsa de viaje, como a Asesino y llevármelo en el avión. Ojalá pudiera hacerlo. Pero como no puedo, le revuelvo el pelo, le digo que si llora no nos dejarán volver, yo que sé… me invento un montón de frases estúpidas de hombre adulto. Es lo que hay. Cuando la vida te da un papel, no te queda otra que interpretarlo.

He vuelto a dibujar historietas. Gracias a María. Ella siempre saca cosas buenas de mí. Pero no lo sabe. Por eso dice muchas veces “perdona” y “lo siento”.