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Ayer nos intentaron atracar en Montmartre, cuando volvíamos de cenar. Lo que no me pasó en el año que estuve en Malasaña, me ha pasado en París.
No me enteré de nada. Todo muy rápido. Dos o tres minutos, no más. Íbamos hablando de ir a tomar un café al Ben’s cuando se nos acercaron dos tíos. Tíos normales. Ni muy esto, ni muy lo otro. Uno se dirige a mí y me dice algo que no entiendo. Su tono de voz me suena absolutamente tranquilo y cordial. Tanto es así, que en principio pienso que me pregunta por alguna dirección. Yo miro a Karlos, para que conteste, como hago siempre que no me entero de lo que me dicen. Karlos, que está mirando al tío con media sonrisa, responde algo en francés. También absolutamente tranquilo. Casi en un susurro. El tipo me agarra el brazo. No violentamente, ni con agresividad. Me lo agarra acercándose como si fuera a decirme algo. Yo, como un gilipollas, sigo pensando que me está pidiendo ayuda, cuando en una décima de segundo, veo a Karlos lanzar el brazo y meterle al tipo un puñetazo en la nariz. Así. Directamente. Flish-flash-pum. Sin variar el gesto y sin mover ni una ceja. Igual que cuando le pega al saco en casa. Me quedo helado. Literalmente. El tipo se da contra unos cubos que hay junto a la pared y veo volar por los aires algo parecido a un punzón, que cae a mis pies. Y ahí me quedo. Mirándolo con cara de tonto.
Entonces, y sólo entonces, soy consciente de que nos están atracando, pero como sigo apollardado, no reacciono. Me quedo ahí, viendo al tipo sangrar por la nariz. Karlos, que sigue estático y sin inmutarse, me pone una mano en el pecho y me dice “vete, corre”. Su voz, ABSOLUTAMENTE TRANQUILA, me pone los pelos de punta. Y eso es lo que hago. Corro, sin más, hasta la calle principal, que está a diez metros escasos.
Cuando llego a la calle me giro, y veo que Karlos no viene detrás, así que, otra vez como un gilipollas y sin pensar muy bien lo que hago, corro otra vez hasta el callejón.
Allí veo a Karlos y al tipo que sangra por la nariz, agarrándose mutuamente en el suelo. El tercer tipo ha desaparecido. No sé ni cuándo, ni cómo, ni por dónde. El del puñetazo en la nariz, intenta darle patadas a Karlos para soltarse. Me fijo en sus zapatillas, vaya usted a saber por qué, que tienen cordones rojos. Karlos me ve y me grita que me vaya. Mientras lo hace, el tipo se suelta y sale cagando leches hacia la calle principal. Karlos le sigue unos pasos y luego se para y vuelve conmigo. Me pregunta si estoy bien y luego se ríe. ¡Se ríe! A mí me tiemblan hasta los cordones de las zapatillas, y Karlos se ríe. Así de diferentes somos ante algunas cosas.
No he ido a clase. Me siento raro y estúpido. Tampoco sé por qué. No me quito la imagen del puñetazo de la cabeza.