Que me ha dicho Esther que tengo que publicar

Hoy termina el verano (alegría, alegría y pan de Madagascar), pero en realidad a estas alturas a mí ya me la pela un poco porque aquí, señores, hace un fresquete del carajo. Diez graditos tenemos ahora mismo. En esta casa nos acostamos cada uno por nuestro lado, pero amanecemos todos juntitos apretaítos y apelotonados. Perros, gatos, vascos… Todos saludamos al día hechos un único ovillo y nos tiramos veinte minutos cada mañana jugándonos a los chinos quién es el primero que se levanta a poner la cafetera.
Suele perder siempre Diplodocus. Es lo que tiene la ausencia de pulgares oponibles en una pata gigante.
Y hablando de apelotonarse en la cama… Un vecino nos dejó en el buzón una nota anónima hace unos días, quejándose de que hacíamos mucho “ruido sexual”. Una vez superado el bochornazo (el mío, a Karloszeta esas cosas le sudan un pie, para variar), hemos dedicado todas nuestras dotes detectivescas a localizar al susodicho vecino y desanonimizarle, y ayer por fin, tuvimos nuestro fruto y descubrimos, gracias a un exhaustivo análisis grafológico, que había sido el que, justamente, tiene su ventana debajo de la nuestra.
Pisos cercanos, patio estrecho, cama pegada a la ventana, vasco que no soporta dormir con la ventana cerrada… probablemente, el señor tenga toda la razón, y se coma, noche sí y noche también, todo el entusiasmo gasteizarra de Karloszeta (el mío es de natural discretito y no suele atravesar persianas).
Ahi Karlos y yo intercambiamos actitudes. Yo dije que había que pasar del tema y él dijo que había que pedir disculpas. En principio, pensando que lo decía de coña, me reí. Luego al ver que seguía con el tema, pasé de la risa al estupor. Suele pasarme a menudo eso de olvidarme de que él nació en Krypton. Por eso, cuando esta mañana hemos coincidido en el ascensor con el vecino desanonimizado y he visto que se ponía a hablarle al tío en francés en tonillo escusemuá, se me han quedado los huevos del tamaño de una aceituna. Más o menos como se le habrán quedado al señor, porque ha entrado en el ascensor con su color carne normal y habitual, y ha salido mimetizado en tomatito cherry.
Una cosa es segura. Ese no vuelve a quejarse ni aunque pasemos el resto de nuestras noches dándole al látigo y gritando cómemeputa.