Yipi-yipi-yey

Felicidad, felicidad… mucha felicidad. Han dado por concluído nuestro acogimiento temporal a Simón, y nos han concedido el preadoptivo que solicitamos en diciembre. Ya nadie podrá quitárnoslo, ni llevárselo de nuestra casa. Nuestra familia disfuncional, se funcionaliza.

Supusimos que sería complicado, porque desde que nos inscribimos en el plan de acogida para discapacitados no hicimos más que saltarnos las normas. Para empezar, Karlos y yo teníamos que haber llevado tres años de convivencia, y no llevábamos más que unos meses (vete a explicarle a una asistente social hasta el chumi de ver tristezas, que el amor repentino y absoluto existe de vez en cuando). Luego nos llevamos al crío a Eurodisney, cuando habíamos firmado y aceptado no sacarle de su país y lugar de residencia durante el primer año bajo ningún concepto. Y para terminar de ser superchupis, rechazamos las ayudas económicas trimestrales, le cambiamos de colegio y le buscamos un logopeda fuera de los adjudicados por la consejería. En fin… que nos pasamos al Instituto Madrileño del Menor por el santísimo forro de los cojones. Y no porque fuéramos así de chulos, no… simplemente, porque sopesábamos las situaciones más favorables y nos lanzábamos sin pensar mucho en las consecuencias. Ya ni recuerdo el número de rapapolvos que nos cayeron, ni el número de concesiones que nos hicieron. ¿Ocho? ¿mil? Creo sinceramente, que si Simón no llega a tener discapacidad física y hubiera sido un niño con una demanda más amplia, es más que seguro que nos habrían rechazado la acogida y se la habrían dado a otros “demandantes” más obedientes.

Pero la cruda realidad siempre se escapa por entre las esquinas, y lo cierto es que Simón ha tenido una evolución brutal desde que salió de la casa cuna. Los informes de los psicopedagogos cantan. No ha vuelto a tener ningún problema de conducta, ya no se esconde de las personas, ni ha vuelto a taparse la cabeza con la camiseta. Su caligrafía, sus dibujos y sus notas escolares han pegado un giro de 180º y ha tenido una mejora psicomotricial del 45%. Ahora nada perfectamente, monta en bicicleta, y está aprendiendo a jugar al baloncesto ¿que nunca podrá hacerlo como los demás niños? igual da, porque lo importante es que QUIERE aprender a jugar al baloncesto, porque tiene ahí a un Karlos que cada día le dice “tú puedes, Simón”. Es, en definitiva, un niño mucho más adaptado a la vida de lo que era antes. Porque, y esto sí que es una cruda realidad, Simón, Karlos y yo, nos necesitamos mutuamente.

Una realidad así de simple. Así de complicada.