Tres…

Hola lunes. Karlos se ha ido a Ginebra. Vuelve el miércoles. Ya le echamos de menos. Hoy me ha dejado unos diez mensajes de whatsapp, y en uno me enseñaba los casi 5 kg. de chocolate que nos había comprado en una tienda de La Rue de Rhône. “Lo llevaré de equipaje de mano, así que ya podéis venir a recibirme con pompones.” 5 kg. de chocolate. Alegría, alegría y pan de Madagascar. Con eso tenemos por lo menos, por lo menos… por lo menos hasta el viernes.

Cuando Karlos no está, cierro la verja de fuera, y dejo a los tres perros sueltos por el jardín. Es una gilipollez como un piano, porque Matraka siempre se apaña para darme esquinazo y escurrirse hasta el cuarto de Simón en plan perro ninja, y los otros dos que quedan para defender la plaza, son más bien tirando a mierdecillas (puedo imaginarme las carcajadas de los ladrones si entraran a robar y se encontraran con semejantes cancerberos), pero aún así… yo lo hago. Morder no morderían más que el polvo, pero al menos ladrarían y me avisarían para que yo pudiera coger el bate de baseball, ponerme nervioso y tropezar con él por las escaleras haciéndoselo un poco más fácil a los ladrones, con mi coma por autotraumatismo craneoencefálico.

Nosotros vivimos en una colonia con chiringo de vigilancia, justo enfrente de un cuartel militar, y a no demasiada distancia del Palacio Real de El Pardo, así que para entrar a robar a nuestra casa, además de ladrón, habría que ser un poco subnormal, pero lo malo que tienen los temores idiotas, es que además de temores son idiotas, así que… aquí me tienes todas mis noches de rodríguez, cerrando verjas y soltando a mis dos plumeros paticortos que no pillarían ni a una cucaracha tullida. Dentro de dos días, Karlos volverá y entonces ya pasaré de verjas, de perros, de bates y de la madre que parió a Panete, porque todo me sudará la minga dominga. Si hay algo que los enanos de mierda tenemos claro, es que un vasco gigante con saco de boxeo viste cantidad para todo eso de la seguridad del hogar.

He ido de compras con Simón. Nos hemos comprado mogollón de camisetas imposibles, y unas zapatillas converse, a juego, de color naranja. Hemos vuelto a casa con ellas puestas y molábamos todo. Parecíamos el Dr. Maligno y miniyo.

Mañana me las llevaré al curro. Hace mucho tiempo que no le doy una alegría al jefe y noto que comienza a aburrirse con tanto equilibrio.