Despedidas dignas

El día 16 de mayo, hizo dos años que  murió Teo el loco. Mi amigo. Mi hermano del alma. Mi compañero de tanta vida de mierda y tantos viajes a ninguna parte. El que me dejaba pasteles dentro del buzón en el día de mi cumpleaños, y me enseñaba a pelear en el patio del centro de menores de Alcalá.

Se me olvidó. La vida ahora es suave y no pesa, y está bastante llena de cosas buenas, así que pasó el día y se me olvidó. Y hoy, en el coche, durante el camino de vuelta, de pronto me acordé. Cuando llegué a casa, llamé a su tía y le pregunté dónde habían esparcido sus cenizas, para… yo que sé para qué. Para ir allí y decirle a nadie “tío, perdóname, la vida ya no me pisa y se me olvidó el día. Pero el día, Teo. Sólo el día, porque a ti no te olvido. Nunca te olvido.” Sin embargo, Teo el loco sigue en el mismo sitio de mierda donde le dejé. Amontonado en una de las cientos de estanterías del tanatorio. Su escasa familia no se puso de acuerdo, y nadie decidió llevárselo. Ahí le dejaron. Yo tiré las cenizas de mi padre a un contenedor de obra. Y aunque esa es otra historia que tendrá que ser contada en otra ocasión, cada vez que se lo decía a Teo, él sacudía la cabeza y me decía “Eso no. Eso no está bien. Hasta los hijos de puta se merecen una despedida digna.”

Lo de mi padre no me dolió demasiado. Lo de Teo el loco se me clava. Le doy vueltas y se me clava. Así que mañana su tía me firmará un permiso e iré a por él. Karlos y yo, recogeremos sus cenizas, y las esparciremos por el jardín de La Almudena. Allí iré a verle los años que vengan. A decirle de nuevo “tío, se me olvidó, soy un gilipollas, pero de ti no me olvido.” Y no sé por qué, pensar en ello ahora mismo me hunde. Me destroza. Quizá porque vuelven a mí nudos y clavos, que ya me tocó sentir.

Los mismos que se me atravesaron en la garganta, aquel domingo 16 de mayo, cuando yo estaba sentado a los pies de su cama leyendo un libro de Rudyard Kipling, y él dejó de respirar.