Mares

Acabo de salir fuera a regar mis marihuanitas y me ha dado un pasmo de frío. Estamos en junio, pero no estamos en junio. No en mi jardín. Aquí hace un biruji del demonio, los gatos están hechos una pelota en el sofá, y los perros sobre la alfombra. Simón lleva jersey, yo calcetines gordos y Karlos… Karlos sigue en camiseturri y comiéndose un helado, porque es un vasco de poliespán y el ecosistema exterior en general, no le afecta.

Intento explicarle a Simón lo que es el mar. Nací en una isla, así que no tengo clara la sensación de no haberlo sentido nunca. Es cierto que ya lo vió en Zarautz, pero no es lo mismo verlo correteando por la playa con botas y anorak, que meterte en él y dejarte mecer. Yo me caí de la barca de mi abuelo cuando tenía dos o tres años. Mi nonna Agra contaba como mientras todos gritaban, yo salí a flote por la popa, nadando, con los ojos muy abiertos, y sonriente. “Como una lampuga…”, decía la nonna. Una de las pocas veces que mi padre me mandó a comprar comida al mercado de los Mostenses, se me ocurrió ir a la pescadería y pedir lampuga. El pescadero me miró como si le hubiera pedido dos escrotos de Neptuno. Quizá fuera entonces cuando decidí lo de guardarme la niñez a buen recaudo en el bolsillo y equilibrar la realidad con el presente, por muy asqueroso que fuera.

Para Simón ahora mismo el mar es algo terrible y prometedor. Me pregunta si hay “piburones” y si sabes dónde pisas cuando no te ves los pies. No se imagina lo que puede ser meterse en un agua sin fin. Cuando intenta hacerlo, se ataca y le da la misma risa nerviosa de cuando juega a perseguirse con Matraka. Karlos dice que es jodidamente triste que haya un niño de cinco años que nunca haya sentido el mar.

No debe preocuparse. Estoy completamente seguro de que Simón también es un niño lampuga.