Recuérdame por qué escribo

Están siendo unos últimos días preescapada muy agotadores. No sé distinguir si es porque estoy en descanso de mis pastillas de superhéroe, o si es por las personas-boomerang que han vuelto a mi vida después de salir disparadas hace ya mucho tiempo, pero lo cierto es que llego a la noche, como si me hubieran pasado un monster truck emocional por encima. No veo el momento de tirarme en la playa a no pensar. En la lista que he hecho de cosas para llevarme, lo primero que he apuntado han sido tres cigarrillos de marihuana. Karlos dice que no se debe fumar marihuana en la playa, porque el mar de por sí ya te baja la tensión, y corro peligro de terminar convirtiéndome en un espurrute de alga mezclada con restos de Ariel, pero me da igual. Ahora mismo, con el chocho que tengo en la cabeza de dijes, digos y dirés, el hecho de ser mitad alga no me parece la peor de las ideas.

“Estás triste”, me ha dicho hoy el camarero del autoservicio. Yo le he dicho “judías, por favor”, y él me ha mirado y ha dicho “estás triste.” Qué mal cuando el camarero que te sirve todos los días se da cuenta de que estás triste. Eso es algo así como llevar la chunguez dibujada por encima de la cara. He llamado a Karlos durante el café para contarle que el camarero me había llamado triste.”No estás triste, solo necesitas que te dejen en paz.” “Vale, pero tú no.” “No, yo no. Yo tengo que llevarte a Tarragona.”

Pues eso.

Jokin dice que quizá se reúna con nosotros en la playa. Ha venido esta tarde con otro de sus chicos de ojos espectaculares que no hablan. Este se llama Carlo y es italiano. Lo sé porque han sido las dos únicas palabras que ha pronunciado en todo el rato que ha estado en casa. “Soy italiano”. No sé de dónde le habrá sacado. Ya directamente no se lo preguntamos. Sonreímos, estrechamos la mano y decimos “anda, hola…” Ahí se queda toda nuestra labor de investigación sobre los resplandecientes novios fugaces de Jokin.

Espero que Carlo el italiano sea vital, simpático y chispeante y le devuelva a Jokin todos los colores que le faltan. Porque de verdad que cada día que pasa, le puedo respirar más fácilmente el gris.