Wof-wof

Mi vecina, la liberal de las tetas marmóreas, se muda. Dice que se va a vivir a una zona más marchosa, y ha alquilado su chalet a “dos chicos muy simpáticos de la academia”. Dos chicos muy simpáticos. Nos tememos lo peor. Y temer lo peor, después de haber tenido una vecina que venía a pedir la podadora en bragas es realmente temer muuuuuy alto. Pero bueno. Que no cunda el pánico. En agosto ya saldremos de dudas. Por ahora, la mujer ha venido a comunicarnos la noticia, y a despedirse. Nos ha regalado un perro de porcelana gigante marrón caca espantoso y satánico. “Lo compré en Nápoles y me costó un dineral. Pero no me va con la decoración de la casa nueva, así que para vosotros, que os gustan tanto los animales…” No hemos sabido reaccionar. Simplemente nos hemos quedado ahí, en la puerta, mirando al perro gigante con cara de boniato. Creo que por no decir, no hemos dicho ni gracias. Yo lo he intentado, pero no he logrado más que balbucear algo parecido a “oh…hummmcias…” Cuando se ha marchado, nos ha entrado la risa tonta y hemos pasado unos minutos peleándonos entre nosotros por no haber sido capaces de rechazar el regalo. “Pero ¿por qué lo has aceptado?” “¿Y por qué coño lo has aceptado tú?” “¡Yo no lo he aceptado!” “¡Pues yo tampoco!” Vale. Uno por otro, la casa sin barrer, y el perro gigante en mitad de nuestro recibidor, mirando al infinito con sus desorbitados ojazos vidriosos marrón caca. Y no. No vale lo de empujarlo sin querer para que se rompa mientras pasas la aspiradora. Sopesándolo calculamos que debe calzar unos 50 kilos, el cabrón.

Simón ha pasado por su lado y ha dicho “¡¡hala, qué perro MÁS PRESIOSO!!”

Apunte mental 1: No volver a llevarme a Simón a comprar camisetas.
Apunte mental 2: Revisar todas las camisetas que me compré la última vez que me llevé a Simón.