Olor

Escribo mucho más cuando estoy triste. Debo de resultar agotador.

Ya sé dónde está mi regalo de cumpleaños. Está en su despacho, en un cajón, dentro del portafolios donde guarda los papeles de sus bancos. Es un plan. No sé que tipo de plan. Pero hay un sobre plateado plano con un lazo azul y pone “para Ari.” Después de tanto tiempo buscándolo, lo he encontrado sin querer, y me he sentido como un cabrón. Lo he vuelto a dejar en su sitio rápidamente, y he salido de la habitación como si me persiguiera el diablo. Si tuviera cómo comunicar con él le llamaría y le diría “he encontrado mi regalo, pero ha sido sin querer y no lo he mirado”. Y él se reiría y respondería “¿y tengo que creerme eso, mosquito?”

Simón y yo hemos intentado hacer los guisantes a la francesa que nos hace Karlos a veces para cenar. No sabemos mucho de ellos, salvo que son guisantes, que llevan cebolla troceada y que se rehogan con huevo. Hemos probado a sacarlo todo y ponerlo junto en una sartén, pero no nos han quedado muy bien. El resultado ha sido una masa indefinida con restos de cáscara de huevo que crujían entre las muelas. No me sale eso de cascar los huevos con una mano sobre la sartén, como hace él. He gastado seis huevos, cuando sólo necesitaba tres. Un éxito de desastre. Simón se ha reído mucho. Mientras poníamos la mesa para comernos los guisantes crujientes, ha venido corriendo con una de las servilletas del cajón y me ha dicho “¡mira, huele!” He hundido la nariz en ella, y ahí estaba. Inconfundible. La loción de afeitar de Karlos.

Simón ya duerme desde hace horas. Yo sigo aquí. Dando vueltas a mi servilleta.