Papá león

Hoy Karlos ha tenido un accidente de tráfico cuando llevaba a Simón al médico. Estaba parado esperando para incorporarse a una rotonda y un coche ha llegado por detrás a toda hostia y les ha embestido. No ha pasado nada, porque hoy no era el día en el que tenía que pasar nada. Gracias a eso el imbécil que ha acelerado en una incorporación de rotonda sin mirar hacia delante, les ha lanzado dentro de la rotonda justo cuando NO pasaba un camión que NO les ha embestido por un lateral y NO les ha roto las piernas en cuatro trozos.

Cuando Karlos ha mirado hacia atrás y ha visto a Simón llorando y cubierto de cristales, ha montado en cólera gasteizarra. Ha salido del coche como un miura y ha sacado al tipo del otro coche, arrastrándole del cuello. Ya le estaba ya dando con la cabeza contra el coche, cuando ha aparecido la guardia civil y entre todos, han logrado sujetarle y separarlos. Mejor. No hay nada más paradójico y absurdo, que un tío te destroce el coche poniendo en peligro a los tuyos, y encima tengas que indemnizarle por meterle una hostia.

Ahora que ya hace horas que ha pasado todo, mirar a Karlos me produce un mimo extraño. Sigue rumiando entre dientes y con el entrecejo fruncido. Sé que tiene que estar dolorido y nervioso, pero no lo demuestra. Me gusta morderle el mentón cuando está así. Sabe a algo especial. A furia con rastros de ternura. “Si no aparece la guardia civil… si no llega a aparecer… es que le rompo la nariz…” Le acaricio el cuello. “Bueno. Pues ya sabes qué tienes que hacer la próxima vez…” “Sí. Pegar primero y pensar después.”

Bueno. Yo iba a decir contar hasta 100. Pero vale. Por esta vez vale. La tribu es la tribu.