Odios

Aprovecho para actualizar ahora este pobre blog porque estoy en el trabajo, ergo tengo aire acondicionado, ergo no hay 40ºC de temperatura ambiente, ergo aún soy una persona cabal sin ganas de asesinar a nadie. Luego, cuando den la seis, rodaré hasta casa (bueno, yo no, el coche), subiré a la buhardilla y allí procederé a socarrarme con un ligero crujicrujs. Es culpa mía. Yo elegí la buhardilla como lugar de bloguerías y nepomukadas. Y sabía, SABÍA, que no llegaba hasta alli el aire acondicionado, así que… ajito y agua, Ariel.

Ya no me siento superchupi, así que odio el verano, odio agosto, odio el calor y odio, en general, casi todo lo que me rodea, excepto simones, vascos, gatos y perros. Quiero que venga Octubre y quiero que lo haga YA. Y no, Septiembre no me vale. Todavía salen escenas en el telediario de viejecitos y marujas en la playa con bikinis balleneros y gorritos absurdos. Y eso sigue siendo verano.

Tengo muchas cosas que contar y no cuento ninguna. Soy así de incongruente. Intentaré ponerme al día a plazos. Primero: ya han venido los dos simpáticos chicos de la academia al chalet de al lado. No parecen muy simpáticos. Ni muy antipáticos. Ni muy nada. Son sosos, pulcros y seriecitos y están teñidos de cierto airecillo mormón. Ya me han pillado dos veces tomando el sol en bolas. No en plan sexy guais, no… En plan despatarrado absurdo. Los dos. Uno cada vez, y en el mismo sitio. La primera vez me corté, y fuí arrastrándome bajo el seto como un ninja nudista (media hora tardé en quitarme los purruspis de césped de los huevos), hasta alcanzar el porche. La segunda me calcé las gafas de sol, murmuré un taco y pasé ampliamente. Creo que porque ya había empezado mi faceta de odio agosto-odio el mundo-os odio a todos.

El segundo plazo mañana. Es la única forma de no blogatrofiarme.