Alfas

Vale, venga, más cosas.

Ascendieron al apollardao de mi trabajo (la endogamia es lo que tiene) y me han traído a otro que está como un queso. Pero no como un queso de esos guarris tipo cheddar americano, no… como un queso Stilton. Alto, guapo, cachas y simpático (el compañero, no el queso). Un homo habilis clase A, en deslumbre permanente. El gallinero femenino se revolucionó de norte a sur. De los rincones más escondidos y oscuros de mi edificio, aparecían chicas por arte de birlibirloque. Chicas a las que no había visto en mi vida laboral, y que de repente me sonreían y me llamaban por mi nombre. Todo un fenómeno de masas estrogénicas.

Karlos se lo llevó a correr. Sí, él hace esas cosas. No es como yo. Cuando viene a buscarme se desenvuelve sin cortarse un pelo, y con todo el mundo pega hebra. Él sabe caer bien y de pie. Así que conoció al chicoqueso, le estrechó la mano, empezaron a hablar de atletismo y quedaron para correr. Al principio esas cosas me chocaban. Ahora ya lo veo como algo habitual en el comportamiento del macho Alfa. Se huelen, se tantean y luego echan el pulso. Uno gana, el otro se retira y hala… hasta el siguiente encuentro. Antropología pura.

Corrieron veintemil kilómetros por montaña pura y dura. Y quedaron otro día para bicicletear un poco. Me dice Karlos “vente y así desoxidas la bici “, y yo le respondo que soy joven para morir en mitad de un duelo entre machos Alfa. Se ríe y sacude la cabeza.”Ya ves tú que macho alfa…” No sé si lo dice por él o por el otro.

O mejor dicho… por supuesto que lo sé.