Tortas

Bueno, pues Karlos se ha ido a El Cairo. Lo veía venir. Él decía “no, no, no” y yo decía “sí, sí, sí” y con un zas-entodalaboca, he ganado yo, y le han convocado. Volverá el lunes o el martes. Ahora, a mi dulzura y templanza habituales en esta maravillosa época estival de mierda, añado la preocupación latente. Esto es Jauja. Me falta que exista Dios y me lance un piedro.

Esta mañana me han despertado los gritos de los dos simpáticos chicos de la academia, a las 7 y poco de la mañana, insultándose a gritos. Después de la inicial sorpresa por descubrir que tienen sangre en las venas, han venido las ganas de tirarles un zapato, y un poco más tarde, la curiosidad por saber si iban a matarse o no (siempre conviene que las cámaras del telediario te pillen bien peinado). Me he asomado un rato al jardín, con la fresca de la amanecida, para captar algo, pero no he logrado distinguir nada más que a uno de ellos gritando “gilipollas” y llorando como un papagayo semihistérico, y al otro un poco más calmado diciendo “vale-vale.” Luego un par de portazos, el vecino del otro chalet gritando secallencoño y después… silencio absoluto. Justo cuando ha sonado mi despertador para ir a trabajar. Ley de Murphy. Karlos se afeitaba en el baño de arriba. “¿Has oído los gritos?” “No…¿qué gritos?”

Karlos duerme como un ñu. Siempre. Pase lo que pase. Debe ser la paz de espíritu. O lo de ser vasco y gigante. Me da bastante envidia.

Me gusta escribir en agosto. Creo que sé por qué. Porque nadie lee blogs en agosto.