Dinosaurios

Me parece que en breve Karlos volverá a viajar a Damasco, así que en nada estoy otra vez llenando esto de post apocalípticos y tremebundiosos. Espero que quien me lea allende los meses, sepa perdonarme. La verdad es que me alegro de que no se hayan inventado aún los blogs interactivos que permitan dos hostias al autor con la mano abierta.

Se ha terminado la era del tigre y comenzamos la del dinosaurio. Vimos Jurassic Park y empezamos a dibujar tyranosaurios como descosidos. Tyranosaurios corriendo, tyranosaurios durmiendo, tyranosaurios comiéndose un cucurucho de personas (podemos hacerlo porque los tyranosaurios son nuestros). No son tan realistas como los tigres, pero descansan la psique un montón porque son enormes y terribles y mandan. Ahora quizá pinte un tyranosaurio en la pared, para que se coma al tigre blanco. Quizá. Ya veremos como me arrastra la luna mi psicopatía profunda. En todo caso, le he dicho a Simón que la próxima era, tiene que ser de un animal pequeño. Ratones… tortugas… lagartijas… Helicobater Pyloris…

Sí, le he dicho lo del Helicobater. Soy así de cabrón. Ha puesto ojitos de chino y ha dicho “¿¿qué son los elipopapepíloris??” y Karlos ha aprovechado para tirarme una chancleta a matar. No me deja vacilar a Simón. Dice que los niños que se vacilan demasiado de pequeños son los que con 15 años te piden una katana como regalo de Navidad y para Año Nuevo te cortan en cuatro trozos mientras duermes. Karlos es así. De natural moderado gasteizarra.

Mi quesocompañero nuevo ya se ha cepillado a una de las chicas de firmas. El domingo, en su coche, después de dos copas y una cena italiana. Y estos datos, que yo no debería saber porque no son asunto mío, los conozco porque ha sido lo primero que me ha contado en cuantito se ha sentado a mi espalda. Me lo cuenta porque soy el tesorero de su secreto canalla, ya lo dije. Y también dije que me iba a arrepentir como efectivamente me arrepiento. Ahora la chica le trae cafés y borradores, envuelta en una sonrisa de ilusión que calculo que durará unas 48h. hasta que se convierta en lágrima, caída de autoestima y decepción. Él sonríe tranquilo, y dice que no pasará nada, porque “le ha dejado las cosas bien claras.”

Un fallo sistémico muy habitual en los depredadores sexuales. Son incapaces de comprender la tremenda, aplastante e inoportuna subjetividad de un flechazo.