Jim, Lucas y Emma

Hola. ¿Ves? he vuelto. Eso también forma parte de mi camino del bien, ese que te decía ayer.

Seguimos estables y con ánimo ascendente. Sin chubascos ni marejadillas en el horizonte (por ahora). Nuestro Neko sigue evolucionando y sigue queriendo un chuletón. Hoy hemos ido a verle dos veces. Se le está quitando el tono amarillo pimiento que tenía el primer día. Karlos le ha dicho “si sales de esta, nos lanzamos en paracaídas. Tú, Ari, el Jokin y yo.” He puesto cara de “jeje-eso-eso”, pero me he cagado vivo. Tengo un vértigo asesino para todo lo que suponga subir más de tres metros. La única razón por la que he sido capaz de hacer escalada ha sido la de no mirar abajo bajo ningún concepto. Y eso para un paracaídas como que no cuenta porque encima, te puedes meter una hostia como un pan. Cuando Karlos estaba ya quitándose los patucos esos de plástico de la UCI, le he dicho “oye lo del paracaídas es coña ¿no?” y me ha lanzado una mirada entre burlona y malvada que todavía no sé muy bien cómo interpretar. En fin. Pues eso. Que me veo de aquí a un año, subido en un avión llorando y llamando a mi mamá.

Simón ha vuelto al colegio, y está todo contento, feliz y entusiasmado, sobre todo porque tiene más influencia educacional de Karlos que mía. Yo odiaba el colegio, odiaba estudiar, odiaba a mis profesores y odiaba al mundo en general, desde mis zapatones marrones con cordones y mis calcetines blancos de seis años. Lo único bueno que recuerdo de aquella época es el libro de Jim Boton, así que se lo he comprado con el estuche y los libros de este año, y lo estamos leyendo por las noches. Todos los días, antes de apagarle la luz y quitarle el implante, me acuesto a su lado y leemos dos páginas muy despacio, deslizando el dedo por el papel y pronunciando muy bien las sílabas. Él no lo sabe, pero teniéndole así contra mi camiseta, junto a Jim Boton, a Lucas y a la locomotora Emma, se me esponja el corazón y siento cosas que no sentía desde hacía mucho, mucho tiempo.

Supongo que desde algún sitio indeterminado de mi cabeza, mi hermano Cali se sienta a mi lado en nuestra cama de Cefalu, me quita el gorro de vaquero, me coge de la mano y dice “Venga, Ari. Yo leo y tú pones las voces.”