Alba

Llevaba Alba, una buena amiga mía del grupo de quimioterapia, un par de semanas muy enferma. Su (inicialmente) cáncer de pecho se le había extendido por los huesos y la metástasis había empezado a afectarle al cerebro. Se nos iba apagando, como una cerilla. Cada día un poco más y de una forma un poco más agónica. Ella y yo, éramos grandes amigos. Congeníabamos. Ganas de vivir, positividad, energías superlativas, tétrico sentido del humor… Puedo decir que de todos los que formamos aquel grupo, ella era mi preferida. Cuando empezó a agonizar, se me quitaron las ganas de escribir. Me pasa siempre. Llega la pena y nunca tengo ganas de contarla. Dejo que me caiga hacia dentro y sólo cuando ya se ha hecho una bola intragable, es cuando me apetece otra vez asomar la cabeza por algún lado y escupir, o correr un tupido velo y pisar encima. Qué le vamos a hacer. Soy una mierda de cronista. Como corresponsal de guerra desde luego no tendría ningún futuro. Simplemente no me sale. No quiero escribir y eso es lo que hago; no escribo. Por años que pasen, sigo siendo incapaz de hacer lo que no quiero hacer. Y ya me pueden llover hostias, decepciones, enfados, reproches, recriminaciones… No quiero y no lo hago. Siempre ahí. Cabezón. Egoísta. Único piloto de mis mandos.

Ha muerto Alba. Esta mañana. Voy a arrastrar esta ausencia, lo sé. Por ella y por lo que conlleva. Me pasa como con Teo. Se supone que yo tenía que haber muerto antes. Pero aquí estoy. En el cáncer como en la vida, sigo insumergible. Como una especie de broma con pelánganos y zapatillas rojas. Karlos dice “te pesan los huevos y eso te ancla al mundo”. Y me hace reír. Está bien. Está muy bien que alguien al lado nos haga reír en los momentos lúgubres. El amor debería estar para eso ¿no?

Sé que voy a arrastrar esa ausencia. Pero toca volver.