EL YO QUE VUELA

Me caí del tejado, sí. Por desenganchar al gato del canalón. Siempre hace lo mismo, sale a pasear por el tejadillo para cazar geckos y a menudo se le quedan trabadas las patas. Nunca suele pasar nada, porque es un gato y los gatos son así. Está unos minutos dando sacudidas y al final se destraba y sigue tan pichi, pero a mí suele desesperarme. Siempre que le veo, me desespera. Paso minutos interminables pensando que en uno de esos tirones pierde el equilibrio y muere atravesado por una de las ramas de abajo. Soy como esas madres que se asustan ellas solas con desenlaces absurdos tipo “¡Hijo ponte el chubasquero, no vaya a ser que llueva y por ponerte debajo de un árbol te caiga un rayo!” Así que así fue la cosa. El gato se trabó, yo llamé a Karlos, se lo conté, él me dijo “NO SALGAS” yo dije “no, no…” y él dijo “NO SALGAS QUE TE CONOZCO” yo dije “que no, que no…”, él repitió “ARI NO SALGAS” y yo respondí “que no coño, ¿¿cómo voy a salir??”
Luego colgué, estuve mirando al gato un minuto más, y salí.
Y las tejas se me soltaron bajo los pies. Y pensé “uy, esto es como en aquella película de dinosaurios cuando Julianne Moore resbala por un tejado y se va directa encima de un velocirraptor…” Eso justamente es lo que pensé antes de que la pieza que yo pisaba hiciese swipsh y volaaaaara hacia abajo conmigo en mogollón, para dar contra la caseta y caer al césped con un precioso tumpfs.
No me he matado ni nada. Sólo tengo una luxación del tendón en un pie, raspón en el culo y chichón en la cabeza. Llamé a Karlos, que vino a casa tomando las curvas a dos ruedas. Se cabreó mucho. Mucho muchísimo. No me dió ningún berrido, ni me llamó irresponsable. No es su estilo. Se limitó a ignorarme por completo durante 24h. Nada. Ni mirarme, ni hablarme, ni hacer factible el hecho de que yo estuviera allí, con cara de vaca mirando al tren y obligado a mear a la pata coja. 90 kilos del más puro hielo norteño. Y me lo hizo pasar putas, vaya que sí… Tanto que llegué a pensar que me había convertido en el nuevo autobusero de su vida. Pero no. Hice otra de mis chorradas sin peligro de integridad física y con la risa se le pasó. No del todo, porque todavía me sigue llamando Ariel, en lugar de “Ari” o “mosquito”, pero al menos ya me habla y me toca. Supongo que un día de estos se me sentará al frente y me soltará el discurso de por qué el ser humano adulto y consecuente no pone en peligro su vida.
El gato está bien, sí. Saltó conmigo pero cayó tan pichi con un “alehop” y pasó por mi lado con expresión de “ni caer sabes, pardillo.” Las cosas son así. Los gatos son gatos, y los Arieles, Arieles. Y nos pasamos la vida cayéndonos de los sitios y cambiando la plantilla al blog.