Cuenta atrás

Me quedó ñoño el último post. Ya… Lo sé. Es el efecto de paz navideña mezclado con una dosis descontrolada de txacoli de Getaria. Pero gracias al niño Jesús, todo esto va tocando a su fin, y creo que allá hacia febrero mi hígado se habrá desintoxicado de los 90 kilos de turrón variado, y volveré a ser un chico sanote, malhablado y malescrito.

Nos vamos por Año Nuevo a París. No porque seamos así de chupis, sino porque se llevan a Karlos a Estrasburgo y así podremos pasar el pifostio nocheviejero juntos. Fin de Año tiene más peso emocional para mí que la Nochebuena. Los cierres cíclicos tienen algo mágico. Son como empezar a escribir en un cuaderno en blanco Es importante que estemos juntos. Quiero comer uvas, descojonarme de risa, volver a pasarme con el vino y ser besado. Sobre todo ser besado. Sin contención y sin respirar. Con lengua, chasquido y vivalapepa. La primera página de un cuaderno nunca puede ser de “Feliz Dia 1. Esto es una mierda.” Hay que echarle amor y positivismo.

El inconveniente de tener que irnos a París, era que además de llevarme a Simón, también tenía que llevarme a Matraka porque, recordemos posts pasados, Matraka no es un perro como los demás, de esos que dejas solos una semana y el mundo no se hunde. Matraka es la Madame Butterfly de los perros-elefantes. Si le separo del niño una semana, es más que probable que la pase sin comer, sin beber, y pegado a la verja como un penitente. Así que había que facturarlo o facturarlo. Afortunadamente al final gracias a Jokin, hemos hecho un doble mortal y vamos a viajar todos con Karlos, en un avión militar. Igualmente, el perro tendrá que ir en su jaula, pero al menos le tendremos a la vista, le podremos hacer cuchicuchis, y sabremos en todo momento que está bien. Simón da palmas con las orejas y lleva dos noches sin dormir de la emoción. No sé qué se imagina. Que vamos a saltar en paracaídas o algo así. La cruda realidad es que será un viaje incómodo de cojones, pero aún así nos mola todo la aventura. Es el espíritu absurdo que llevamos dentro. Simón porque tiene seis años y yo porque soy un puto inmaduro. Karlos está contento. Contento de no tener que irse al culo del desierto, y contento de que vayamos a Francia con él. Pero porque no lo ha pensado bien. En realidad la cuestión es que salimos de viaje el lunes, y tenemos que hacer una cena mínimamente fiestera el martes, en un piso con una nevera que no se abre desde hace catorce meses. Y en París. Porque si estás en Madrid, te haces un Carrefour y tira. Pero…¿en París? ¿dónde coño se compra un langostino?

Ah, sí… Esto va a ser memorable. Hasta sin paracaídas.