Día quemasdá

Creo que tengo que hacer los post más cortos ¿verdad? no sé cuando empecé a ser pesado. Me parece que cuando nací. Pero la verdad es que recuerdo que en los Nepomundos primigenios, me controlaba un poco más. A lo mejor debería ser ese mi propósito de Año Nuevo.

Sigo en Le France. Me cuesta lo de volver a Madrid, cuando me quedan aún días de mis horas extras y aquí puedo dormir enganchado a Karlos como un tití, pero lo cierto es que él tiene que hacer un vuelo diario para que podamos dormir juntos (en avión, no es que me haya casado con un híbrido de águila calva), y que echo de menos al resto de mi fauna. Pero da igual darle vueltas, porque todos mis regalos de reyes están en Madrid, así que más tarde o más temprano tendré que volver, si no quiero terminar el día 6 regalando un post-it que diga “vale por dos besos y unas palmaditas en la espalda.”
Simón no quiere irse, y Matraka tiene toda la pinta que tampoco. Han descubierto que pueden bajar al portal deslizando el culo en plan tobogán, por una especie de pista inclinada que baja paralela a la escalera, y con eso se pasan todo el día suisssh-pum-jíjí-guaguau-otraves. Encima la portera les ha cogido cariño y constantemente les está dando galletas y haciendo cuchicuchis. Es una mujer diminuta y redonda con los pelos como de alambre. Me recuerda mucho a una pelota de badminton. Me gusta pensar que a lo mejor es como la protagonista de La Elegancia del Erizo, que por fuera de la portería pasa el mocho con un delantal de floripondios, y a escondidas lee a Tolstoi y a Kafka. Y la verdad es que aunque así fuera, igual me iba a dar ¿eh? porque ella y yo podemos estar hablando en francés durante 20 minutos seguidos, sin que ninguno de los dos sepamos qué cojones está diciendo el otro.
Sí, bueno… no sólo me pasa con la portera. También con todo París. Así…en general.