Minipost-4

Estamos en Barcelona. Me apetecía un montón estar en Barcelona lloviendo, pero no llueve. Hay solecillo y temperatura guay. Yo quería playa con frío. No sé por qué siempre me gustan las cosas del revés. Playas en invierno, montañas en verano, gigantes sensibles, poetas asesinos… Cuando llevábamos muy pocas semanas de enrolle tontorrón, una tarde comiéndonos una hamburguesa en el coche, le dije a Karlos que yo quería ver la playa en invierno y directamente arrancó el coche y condujo hasta Zarautz. No olvidaré nunca esa sensación. Ese “¿de verdad va a hacer eso por mí?” Lo hizo. Siempre hace ese tipo de cosas. Pensé que se le pasaría cuando el amor se acomodara, pero no. Sigue igual. Simplemente, es así. Se guarda todo el cariño que recibe y luego te lo va repartiendo en macrodosis. Aquella tarde nos hicimos un montón de fotos tumbados en la arena, con las cabezas juntas y sosteniendo la cámara en alto con los brazos. Los dos llenos de ropa, como dos astronautas marineros. Son fotos malas. Están hechas con la cámara pequeña del coche, y se nos ve borrosos y descojonados de risa. Dientes, ojos de chinos y narices de frío por entre las capuchas. Pero son mis favoritas, sobre todas las demás. Por encima de todos los álbumes de todos los viajes de todos los momentos de todas las vidas.