Minipost-9

Simón está pocho. Vomitó a las tres de la madrugada encima de mí. Le oí toser, así que me levanté, me senté en su cama, le dije “¿estás bien?” y él contestó: ¡bluergh!. Todos los koalas de mi pijama se bañaron con los restos de su cena. Todavía ahora, después de una ducha, doce horas y un cambio de ropa, sigo desprendiendo un olorcillo a macarrones regurgitados, muy significativo. Estuve un rato abrazándole, canturreándole, y haciéndole risqui-risqui en el pelo, mientras Karlos limpiaba el desaguisado. Me gusta hacer eso, porque cuando yo vomitaba de pequeño, tenía que levantarme de la cama y ayudar al fraile de pasillo a limpiarlo. Es genial que Simón ya nunca sepa lo que es un fraile de pasillo. Le enseñé la canción del gato grande que hacía ro-ro. Es un poco cursi, pero va de coña para cantarla con lenguaje de signos, y poner caras de sorpresa y susto. Luego, mientras le ayudaba a ponerse otro pijama, dijo “creo que me he emosionado porque estabáis ya en casa y se me ha metido la emosión por la tripa.” Le acostamos en nuestra cama. Entre nosotros. Con un brazo para mí, y otro brazo para Karlos. Los pies se los dejamos a Matraka, claro. No nos quedó otra. Si algo hemos aprendido es que bajar a un perro 865 veces de la cama acaba minando el espíritu.