Lo suyo sería que mirara qué número toca antes de publicar, sí…

Llevamos todo el día de amantes de Teruel, tonta ella y tonto él. Que si cuchis por aquí, que si cuchis por allá. La culpa es mía. Tengo un día de pico y me duele todo. Quizá resultas del día de ayer que no dormí. Tampoco por la noche. Eran las dos de la madrugada y ahí estaba yo, tieso y con ojos de lechuza. Quizá porque Karlos no estaba. Quizá porque había demasiados gatos y perros pegados a mi culo. Quizá porque tenía calor. Pis. Hambre. Yo que sé. No logré dormir más de dos horas. Y así estoy hoy. Láaaaaaaanguido… toooooooonto… arrastro los pies por el pasillo, apoyo la nariz en su espalda, lloriqueo como un perro. Karlos reacciona bien. No me estampa una colleja y me dice ¡sé un hombre, coño! (creo que eso es lo que haría yo). No… él se gira, me abraza, sonríe, me mece. “Qué te paaaaaasa…” “que estoy malo y me duele todo” “vaya por dios, pobrecito él…” “y no me dejas las guitarras en herencia” “ooooh…qué mal bicho soy… pobre Ariel…” “y me has escondido el frasco gigante de los marshmallows” “vaaaaya…qué crueldad más horrible…” “Y no me dejas el mando de la tele para quitar el rugby…”

Nah, qué va. Nunca me funciona lo del chantaje emocional para poner las cosas a mi favor. Pero oye… me mece. Oh, sí. No sabes lo bien que sienta eso, cuando eres de tamaño pedo y él de tamaño grizzly. Igual que si estuvieras de paseo en la soyuz.