¿Y ahora?

No sé exactamente dónde tengo el equilibrio entre hacer que las cosas vayan bien, o cagarla. Nunca he tenido pillado ese punto. Y cuando creo que lo tengo cogido, se me escapa y vuelvo a balancearme entre el éxito y el desastre. La segunda entrevista fue fantástica. Le brillaron los ojos con mi tebeo. No lo soltó. Y se comunicó conmigo. Apenas dos frases, pero me pareció magia, porque era como adquirir de pronto presencia para él. Como dejar de ser “televisión encendida” y convertirme en persona. Además me miró. Me miró fijamente mientras le hablaba y le contaba la historia. Le importé durante media hora. Me pareció un gran logro. A todos nos lo pareció. Es un niño que sólo se comunica un par de horas al día con su cuidadora. Que quisiera escucharme en una segunda entrevista era como meter un triple en el último minuto de partido. Me sentí casi un minisupermán. Como si todas las batallas fueran mías.

Pero… de la cagada al éxito y del éxito a la cagada. Porque hoy vamos a ir a verle y él lo sabe. Y como lo sabe, y lo tiene registrado en su perfectamente organizada  agenda mental, se ha sentado en el banco del pasillo agarrado a mi spiderman y se ha empeñado en esperarme allí, desde las 9h. de la mañana, negándose a ir a clase, y montando un pifostio, cuando el celador ha intentado llevárselo por la fuerza. Me ha llamado la cuidadora, para advertirnos de que ha entrado en crisis, y que luego es posible que nos lo encontremos otra vez sumido en el mutismo más absoluto. Y para decirme que el tebeo se ha roto, porque no lo soltaba y ha habido casi que arrancárselo de las manos. Ya ves tú lo que me importará a mí el tebeo. Dos cojones y cuarto. Pero sí me importa que para él fuera trascendente. Y que se lo quitaran. Y que haya entrado en crisis por mi culpa. Así que aquí estoy. En un nudo gordiano emocional, escribiendo esto e intentando entender qué es lo que he hecho mal. Porque algo ha sido. Algo ha sido.