Pedro y el caos

Tenía que haber posteado ayer, pero por un extraño motivo, me cuesta concentrarme en lo que estoy pensando. Tengo la buhardilla llena de notas de chorradas que apunto al vuelo según se me ocurren, pero luego soy incapaz de condensarlas todas en un solo post. Karlos me está haciendo un seguimiento de caos estos días. Me pregunta si voy a ser capaz de educar a un niño que no soporta que le cambien las zapatillas de sitio. Yo me encojo de hombros. ¿Qué se yo? Supongo que no. Pero no es eso lo que importa. Lo que importa es que quiero hacerlo. Puede que yo le ponga frenético y que él me ponga frenético a mí. O puede ser que uno le conceda al otro el equilibrio que le falta y seamos dos personas coordinadas de felicidad. Ahora lo único que siento es que debo sacarle de allí y llevarle a ver el mar. No sabe nadar, como Simón cuando le recogimos. Tiene que aprender a nadar y sentir los pies dentro del mar. Hay cosas que tienes que vivir cuando eres niño y te quedan aún depósitos para sorprenderte. Luego te haces mayor y responsable, y ya llega la Navidad y dices “puf… otra vez este rollo.” Es verdad, estoy lleno de caos. Y de irregularidades mentales, y de desorden vital. Y guardo las llaves del coche en el frigorífico. Pero me quedan dos cuartos de amor aquí dentro, a nombre de nadie, para repartir. ¿Eso basta? Bueno… debería bastar ¿no? Debería bastar. Quizá a Pedro le baste.

No se cerró a mí. A los demás sí. No quiso mirar a la cuidadora. Y tampoco reparó en Karlos. Pero a mi lado se sentó, y dejó el tebeo roto en la mesa y le dió un empujoncito hacia mis manos. Sin mirarme. Volvimos a entendernos. Le pedí cinta adhesiva al celador y estuve pegando las páginas arrancadas. Quedó como el culo, pero parecía muy satisfecho con cada trozo que pegaba, así que seguí y dejé el Spiderman hecho un Frankestein. Cuando arreglé el último destrozo, dejé el tebeo en la mesa y lo empujé hacia sus manos, igual que había hecho él anteriormente conmigo. Creo que eso le gustó. Lo cogió y se quedó un buen rato mirando las pastas arrugadas. Me pareció casi una eternidad, pero ninguno de los dos nos movimos. Como veía que se cumplía la hora y yo no había hecho más que reconstruir tebeo, le toqué para que me mirara, y me miró. Y aunque no me devolvió la sonrisa, llegué a gesticularle “hola” y él siguió allí. Mirándome fijamente, como al tebeo. Pedro, Ariel y un spiderman repegado entre sus manos. Y un escalón más abajo, la cuidadora y Karlos, absolutamente pendientes de nuestros movimientos. Mañana intentaré hablar con él. No espero mucho. Dos frases. Tres. Y si se cierra… si se cierra, desandaré la montaña y volveré a subir de nuevo. No hay problema, Pedro. Dos cuartos de amor dan para mucha cuesta arriba. Si lo sabré yo.