A volar

Vamos a saltar en paracaídas. Todos los chicos de la familia Z. Cuando Eneko estuvo tan enfermo, Karlos se lo prometió. “En cuanto te recuperes, organizo un salto.” Y se fueron sumando, uno a uno, hasta que al final el salto se hizo masivo y fraternal. Solo quedábamos el marido de mi suegra y yo. Él porque tiene casi 70 años, y yo porque aprecio mucho mi vida y lo de estar pegado al suelo. Pero ayer nos llamó mi suegra para decirnos que su marido también se apunta al salto. Y ante la evidencia de que un casi septuagenario salta y yo no, no me quedó otra que dejar de ser un mariquita y apuntarme también. Y sí… Sí. Ya me he arrepentido desde que lo dije ayer, sí. Unas 347 veces. Pero igual me va a dar. ¿Saltamos todos? pues saltamos todos. Karlos tan contento, claro. Él es de poliespán y lleva saltando en paracaídas desde que tenía 17 años. ¿Saltamos otra vez? ¡¡pues saltamos otra vez!! ¡¡alegría, alegría y pan de Madagascar!! ¿que nos reventamos contra el suelo? ¡¡pues nos reventamos contra el suelo!! ¡¡ole, ole!! ¡¡que corra el txacolí!!

Serán saltos tándem y todos van con instructor, menos yo, que voy con Karlos. Esa es otra. Superseguro-superseguro, pero él no quiere que salte con alguien ajeno. “Que me fíe del salto, no quiere decir que me fíe de los instructores.”  Yo le digo “pues todos tus hermanos están en sus manos” y él se estira como un gato en el sofá y responde “bueno… hermanos tengo muchos, pero mosquito solo uno.”

Lo peor es que nisiquiera estoy seguro de que lo diga en broma.